Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

En su nube

Pedro García Trapiello

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LAS NUBES que maldicen los papones son toldo que pone el Cielo ahí arriba para no ver lo que ocurre aquí abajo; son un velo tendido por los santos para descansar la vista de tanto circo entrando en la Jerusalén de cada ciudad con desfiles y tambores atronando el alma, latigando tímpanos... ay Jesús del Gran Poder, cuánta piedad, ay Jesús de las Cinco Llagas, cuánta pasión, ay Jesús del Folio y del Expolio, cuántas magdalenas de blonda o cucurucho bamboleando el misterio, el turiferio... y con la mano en el cirio...

En una de esas nubes venían juntos por casualidad un ángel sancionado y el alma vagante de Indalecio Prieto, prócer socialista donde los haya. No son raras estas paradojas de la Providencia; en la nube de al lado iban también charlando las almas de un monje amancebado y un samurai famoso que se hizo el harakiri. Al pobre Indalecio le ha soltado el ángel todo su rollo: que había sido el custodio del papa Borgia, aquella furia española sentada en el solio de san Pedro, y que no fue entendido su trabajo, de modo que tras la muerte de Alejandro VI le rebajaron de categoría mandándole a barrer nubes y a vigilar los elementos. Indalecio le cortó la matraca, pues siempre que cruza España en una nube le apetece ordeñarla. Conoció mejor que nadie la sed ibérica y soñó republicanamente llenar este secarral de embalses que Franco le robó después. Así que se dispuso a jarrear un rato porque, además, viendo tanta gente detrás de los curas, le sale por decencia ideológica su punto anticlerical y le apetece la broma de chafar la fiesta, agua va... ¡atenta la paponada!... En estas estaba el otro día, pero se le cortó de golpe la gana viendo a un alcade «de los suyos» pillando foto de bracero en un paso... ostitú, se dijo, qué desfachatez... y se meó de vergüenza ajena cayendo sólo cuatro gotas donde no debían.

Por consolarle, dijo el ángel «qué me vas a contar a mí con tanto fariseo y golfona lamiendo santos; ese alcalde tuyo firma mañana un decreto de laicidad de maceros municipales y en paz todos, dioses y diablos». «Ya, concluyó don Indalecio, pero es que además José Blanco, don Pepiño, me birló la chaqueta el otro día para ponérsela en su toma de posesión y vestirse con mi fama; ese bribón no me la devuelve»... y prosiguió su viaje en su nube, en silencio, en camisa y abatido.

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