LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Paz a vosotros
ÉSE ES EL saludo de Cristo Resucitado a sus discípulos, los de aquel momento y los de todos los tiempos. La paz, el gran ideal del hombre y la gran ausente de nuestro mundo. Los seres humanos de hoy apenas vivimos en paz. Más bien estamos de forma permanentemente agitados, alienados, frustrados, decepcionados; en actitud acechante, desconfiando del otro al que intentamos, si podemos, desbancar y del que no podemos esperar, por consiguiente, fidelidad. Muchas veces las personas se muestran hastiadas de todo, desequilibradas. En una palabra, sin paz. Y aparece así porque la armonía interior se ha desorganizado, porque se persiguen insistentemente valores y realidades que no son tan importantes como parecen y en cuya consecución se deja, hecha jirones, parte de la vida interior, esa vida interior que es la que califica al hombre como tal, esa vida interior que lo define, que lo equilibra, que le hace dominar los acontecimientos en lugar de ser vapuleado por ellos. Los resultados de la pérdida de la paz personal no pueden ser más funestos: el hombre no está satisfecho de sí mismo, no vive contento, no disfruta con las pequeñas cosas que jalonan la existencia y le dan luz y color ni es capaz de embarcarse en las grandes aventuras que la puedan convertir en algo sublime.
Son muchas las llagas del hombre moderno que necesitan ser cicatrizadas por esa luz que proviene de la resurrección. El egoísmo, la droga, la superficialidad, la vanidad, el hedonismo, la violencia, el hambre, la enfermedad, la explotación económica y tantas otras. Es sumamente interesante para nosotros el tomar contacto directo con ese dolor y no limitarnos a verlo como un espectáculo más.
Escribía el teólogo Henri de Lubac: «Si yo falto al amor o falto a la justicia, me aparto infaliblemente de Ti, Dios mío, y mi culto no es más que idolatría. Para creer en Ti tengo que creer en el amor y en la justicia. Vale mil veces más creer en estas cosas que pronunciar tu nombre. Fuera de ellas es imposible que te encuentre». Deberíamos comprender que rehusar comprometerse con los desheredados de cualquier especie es una herejía tan anticristiana como rechazar algún artículo de la fe.
Ser testigo de la resurrección es potenc iar la vida. La fe en la resurrección de Jesús ha de ayudarnos también a creer en la capacidad de resurrección del hombre. Hemos construido un sistema socio-económico que funciona generando injustas desigualdades. Es cierto que no tenemos algo que pueda servir de alternativa global a esta situación, pero podemos y debemos ir reformando sus más graves consecuencias de funcionamiento. Tiene mucha importancia la divulgación y el apoyo a todo lo bueno que emerge en estos tiempos de novedades. Las celebraciones de Pascua alimentan nuestra esperanza, no sólo confirmando nuestra certeza en un «más allá», sino sobre todo proporcionándonos energía para caminar en este complicado «más acá». Es verdad que vivimos en el tiempo, pero estamos infectados de eternidad. En definitiva, se trata de concienciarnos de que no estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de resurrección. La resurrección es la muerte de la muerte