Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

De navajinas

Pedro García Trapiello

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LO MISMO que al cazurro le paren con un hocil o una podadera al cinto para abrir almenas y furacos en la sebe tras la que achusma o para talar árboles cuando son promesa (o problema le parecen), también viene mi paisano a este mundo con una navajina en el bolsillo. Una navajina hace mucho avío y con ella sale un mondadientes de cualquier astilla o dos flautas de una caña vareta.

Navajinas... Aquí quiero yo enseñar las mías, que no son pocas. No las saco por pinchar gente, robar tajada o picar orgullos. Las muestro por darles historia y honra, que la tienen.

Me dijo un cabreirés de La Cuesta que su paisano el relojero Losada (el que puso las horas a la Puerta del Sol y colocó sus relojes hasta en el Londres victoriano), siendo chaval y cuidando cabras en su Iruela de montes con brezo a sobrar y heladas a morir, ya hacía relojes de madera... ¡y sólo con su navajina!... Me lo creo, no es sólo metáfora de su listura. Seguramente eran de esos relojes suizos bastos con mecanismo elemental y dos piedras de río como contrapeso. Aquella navajina, pues, pudo tallarle su destino, además de su inquieta curiosidad, que es madre de artes y ciencias.

Esta navajina que aquí muestro es la primera que tuve de guaje; era barata, con cachas de madera; llevaba un cerco de metal para atarla a la trabilla del pantalón; y en los campamentos era tan importante como la cantimplora o la escudilla de aluminio para el rancho. Con esta navajina podía hacerse un silbato de la vara verde de sauce palero, se afinaba el tarugo de jugar al «pite», se jugaba al pincho en tierra blanda, se cortaba chorizo o se tallaban barcos en corteza de chopo para hacer regatas en la fuente pilonera de Neptuno o en la presa que entraba a esta ciudad por San Mamés. Entonces, una navajina en el bolso siempre resolvía un trance o un tornillo flojo. Era preceptiva.

Esta otra con cuchilla ancha de faca asesesina, cachas de cuerno y seguro de pestaña, me la regaló mi tío Vitalino, mi padrino el veterinario sabio. La compró en Segovia y conmigo hizo el bachillerato, talló de todo, hasta santos toscos de palo malo, y una vez me descapulló el dedo corazón al saltar un banzo haciendo yo el gili.

Esta otra, aguda como un estilete, me la compré yo mismo, macarrilla a los diecisiete. Era muy femenina. (sigue)

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