Diario de León

Diario de una aventura

Ese maldito glaciar

«Parece imposible ascender por este caos de rocas y nieve que tiene una pendiente aterradora; si se soltase el trineo se despeñaría por el abismo sin remedio»

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León

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Hemos despertado en Sirapaluk, la última aldea nativa del hemisferio norte. Desde este punto no hay ningún humano más hasta el Polo Norte, que se encuentra a tan sólo 1.300 kilómetros. Esto es puro hielo, mar congelado, frío, viento, 24 horas de sol, y una climatología extremadamente hostil.

Os recuerdo nuestro objetivo: viajar en trineo arrastrado por perros hasta el glaciar de Humboldt, donde se encuentra la mayor reserva salvaje de osos polares, además de caribúes, y bueyes almilzcleros en estas latitudes.

No hemos salido hasta las tres de la tarde de esta aldea, porque el viento era muy fuerte y los cazadores esquimales tienen miedo de que los vientos catabáticos, que son terribles, nos acechen en la ruta, y el viento de esta mañana amenaza-¦

Empezamos deslizándonos con nuestro trineo por el mar helado, durante dos horas. El paisaje es brutal. Durante todo el trayecto hay gigantescos icebergs, que han quedado incrustados en el mar helado, y son como monstruos fantasmagóricos. La ventisca crea formas irreales a ras de suelo, mejor dicho a ras de mar helado. Hay que tener cuidado de no perder a los otros esquimales.

Pero avanzamos sin problemas, siempre con el temor al glaciar que nos espera. Nos avisaron que es terrible, difícil, más de uno ha caído en las gigantescas grietas, y en el pueblo nos advierten de que vayamos con mucho cuidado que la ruta es tremenda, en especial por esta parte de la subida al glaciar. Cuando lo vemos nos quedamos pasmados. Es una barbaridad de glaciar que da la sensación de ser inaccesible. Se me antoja imposible con un trineo de 400 kilos y tiros de perros. ¿Como se agarrarán los perros en el hielo?

Nos ponemos manos a la obra y es para ver lo que son capaces de hacer estos valientes animales. ¡Cómo tiran, con qué fuerza!, Aunque hay que azuzarlos continuamente. Mientras hay hielo o nieve vamos bien, pero pronto nos tenemos que echar contra la morrena y empiezan los problemas. Está lleno de rocas y piedras gigantescas y el trineo se nos atasca continuamente. No hay manera de moverlo y da la sensación de no poder avanzar.

Hay poca nieve y muchas rocas. Nos desgastamos intensamente empujando, levantando el trineo, tirando como los perros, en fin, todo tipo de artimañas para avanzar. En ocasiones es desesperante, dan ganas de tirar la toalla, pero no vamos a rendirnos. Estamos ascendiendo por un auténtico glaciar de hielo azul con un armario ropero lleno y un tiro de perros. Es una auténtica locura.

Después de ocho horas, y agotados, paramos en un resalte del glaciar y montamos el campamento con nuestros trineos usándolos como camas y por encima una lona sujeta con unos palos a modo de tienda de campaña. Estamos rotos, tanto los esquimales como nosotros. ¡Qué soberana paliza!.

Damos de comer a los perros, cenamos nosotros, descansamos encima de las pieles de caribú, y nos metemos a los sacos para dormir mientras el fuerte viento empieza de nuevo y el termómetro se vuelve a desplomar muchos grados bajo cero.

Ahora además de estar muy al norte, estamos elevándonos y la temperatura en el «Inlandis», como se conoce al casquete polar, es mucho mas baja. Toca descansar, y dormir, aunque tengo pesadillas de pensar si conseguiremos ascender al completo este terrible glaciar de 1.600 metros. En ocho horas sólo hemos ascendido 400 metros. No tengo fuerzas ni para seguir escribiendo. Así que hasta pronto amigos, os seguiré contando otro día, hoy estoy muerto.

También os contaré si lo conseguimos o si dimos la vuelta, porque cualquier cosa puede pasar. Esto es radical, y mucho más duro de lo que esperamos, incluso de lo que esperaban nuestros amigos esquimales. El año ha sido raro, mucho frío y poca nieve.

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