Diario de León

Diario de una aventura

Hacia la patria del oso

Es una agonía avanzar por este caótico glaciar arrastrando trineos que pesan 500 kilogramos; los perros groenlandeses, héroes de esta aventura, tiran como locos

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León

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Hola amigos, este año parece que perseguimos las tormentas. Pero no tormentas normales, sino auténticas tempestades.

Salimos de Sierapaluk, que es la ultima aldea nativa de esquimales que viven más al norte del Planeta, en la travesía que hemos decidido hacer en esta parte tan al norte en Groelandia, camino del glaciar de Humboldt, el más grande del hemisferio norte y el segundo más grande del Planeta. La primera parte es cómoda, nos dejamos llevar por los perros arrastrando los trineos, que pesan 400 kilos más nosotros, lo que hace un peso superior a los 530 kilogramos. Pues con estos «carruajes» tenemos que ascender por un glaciar de 1.600 metros de desnivel, y lleno de dificultades y peligros.

Lo más importante es aprender las palabras para que te obedezcan los perros groenlandeses, que son descendientes directos del lobo ártico, y van por libre. Izquierda: «jako», derecha: «achu», adelante: «Hac, hac, hacccccc», freno: «Heinnn», y, sobre todo, no te muevas: «acueche». Estas palabras son fundamentales o perderemos el trineo. Os aseguro que es dificilísimo, Gritamos que nos desgañitamos, y los perros obedecen algo, pero casi siempre hacen lo que les da la gana.

Las primeras rampas son brutales, y me pregunto que si yo viniera aquí con los amigos, a este glaciar, traería por supuesto crampones, piolets técnicos, arneses y cuerdas, sin dudarlo todos los pertrechos necesarios para ascender un glaciar, pero aquí no, no traemos más que un enorme «armario ropero lleno», que es nuestro trineo, y las bestias y sin duda alguna los héroes de esta aventura que son los perros. Delante van los expertos cazadores inuits que hacen gala de la experiencia acumulada durante siglos y nos dieron una clase magistral de cómo manejar estos enormes trineos por rampas de hielo casi imposibles. Ramón y yo las estamos pasando canutas, no sólo para ascender con el trineo, sino simplemente para mantenernos de pie en el hielo.

Todo iba bien, hasta que llegaron las rocas, pues la nieve se terminó al ser arrastrada por las tormentas ventosas que aquí son frecuentes. No sé cómo pero conseguimos ir elevando el trineo, a fuerza bruta, por encima de rocas. Los perros tiran como locos, pero quedamos incrustados innumerables veces entre rocas. Es una agonía avanzar por este caótico glaciar. Necesitamos de casi ocho horas para alcanzar un desnivel de apenas 400 metros. Ha sido una locura este primer tramo, y los esquimales dicen que la parte final y de travesía son aún peores, pues sólo hay hielo vivo.

Me parece una auténtica locura simplemente el haber llegado a este punto del glaciar y nos disponemos a montar el campamento. Estamos en una plataforma de hielo azul tapizada de nieve helada. Es un paisaje que «acojona» por su magnitud pero sobre todo porque estamos solos con los tres amigos inuits. Y por delante tenemos una dificilísima ruta de ascenso a glaciares, cruzar la tundra, el mar helado, etcétera... Es una ruta muy compleja que este año somos los primeros en intentar resolver, para llegar al territorio de los osos polares, donde dicen que los hay por miles.

El campamento se establece con dos trineos enfrentados. Después se colocan dos palos verticales y uno horizontal, se echa la tela por encima, se tensa, y el resultado es una excelente tienda a prueba de fuertes vientos, y lo mejor de todo, que los propios trineos que quedan dentro de la tienda hacen de camas elevadas y aisladas del frío con la pieles de caribú que son nuestros colchones. Es la típica técnica esquimal de avance por estas largas rutas, en la que ellos siguen empleando para la caza. ¡Es una casa con patines!.

Es importante el rifle cerca de nosotros por si llega el oso. Esto sería un grave peligro. Primero, se pegan tiros al aire para ahuyentarlo, después balas de plástico, y si nada da resultado y ataca las balas serán de verdad.

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