Tempestades y dolores
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
T al vez sea la experiencia del dolor la que aproxime de forma más radical a los seres humanos. Todos, de una manera o de otra, hemos sentido, vivido y padecido la experiencia del mal y del dolor en nuestras vidas y, con ellos, la necesidad de tener a alguien a nuestro lado. Probablemente no hayan sido pocas las veces que esa falta, hecha protesta, la hayamos dirigido a Dios Padre. Cuando hay tempestad en nuestra vida, del tipo que sea, muchos de nuestros deseos y esquemas se vienen abajo o pasan a un segundo plano y sólo pedimos que vengan la paz y la calma a nuestro corazón y a nuestras vidas. En los momentos duros solemos necesitar, como los Apóstoles, Alguien que nos aporte paz en medio de la dificultad. Para los cristianos ese «Alguien» tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Desde el bautismo «estamos embarcados con Él». Humanamente hablando, «estar embarcado» es una frase que supone siempre una actitud decidida que comprendemos perfectamente y que evidencia una decisión personal y una toma de postura reflexiva. Sería bueno saber si cuando decimos que somos cristianos podríamos decir, seguidamente, que estamos «embarcados con Cristo», porque, ciertamente, ser cristiano es, ni más ni menos, «embarcarse con Cristo».
Llegar al cristianismo por «tradición» es, sin duda, una gran cosa pero puede encerrar un peligro: el de llegar sin una opción personal, el de aceptar la realidad cristiana como algo consustancial con la vida propia, que se nos da por inercia, y en el que no se pone el mínimo acento personal; tiene el peligro de vivir el cristianismo sin sentido de riesgo y de aventura, sin comprometerse en la empresa, sin tomar partido personal y directo por Cristo, sin embarcarse en nada, sin plantearse siquiera el problema de que tendremos que atravesar algún que otro lago. Tenemos que estar dispuestos a que el cristianismo sea algo vital, lleno de barcas, lagos, tormentas, proyectos, decisiones, retrocesos y sustos. ¿Por qué no? Necesitamos un cristianismo lleno de eso que los apóstoles, en la escena de Marcos, no tenían y cuya falta les reprocha Cristo: la fe, una fe que puede heredarse pero que, si no se actualiza todos los días, acaba por aparecer lánguida e inoperante.
Hacemos de Cristo una doctrina y una moral, pero él no se aprende ni se practica, porque es una persona. Con él se encuentra uno en libertad y confianza. Eso es la fe: la relación de amor que se establece entre él y nosotros. Y eso sucede en lo profundo, sin caretas. Cuando confiamos en la barca y no en el que duerme en ella, cuando nuestra fuerza no es el Señor, porque nunca le hemos encontrado de veras, sino otras cosas, es normal que tengamos miedo. Pero, si me he encontrado a mí mismo, puedo encontrar al Señor. Si lo encuentro a él, descubro mi tarea en favor de los hermanos. Sintiendo cerca al Señor, tendremos una Iglesia que se aceptará mejor a sí misma. Reconocerá sin complejos sus equivocaciones e infidelidades, no sólo pasadas, sino también presentes. En nuestro posmoderno mundo, admitirá con serenidad que ahora que se sabía las respuestas, le han cambiado las preguntas. Las grandilocuencias darán paso a la sencillez del que pone sus fuerzas en el amor. El Señor es nuestra roca. Apoyándonos en él, nuestro esfuerzo siempre tiene sentido.