CORNADA DE LOBO
Rosas blancas
Ya te dije, querido Vik, que tu mesa en el bar Río está desoladoramente vacía. Pondremos allí una seña por recordar que era cada mañana tu querencia y tu cátedra de café y encuentro, un rato de despacho sin puerta, el ágora de tus días. Allí trillabas el periódico a conciencia o recibías gentes que demandaban saludo, audiencia, favor u homenaje, esos homenajes que tanto te fastidiaban últimamente (cómo te jodía también tanto premio gratuíto de razón u honorario). En fin, que ahí está tu mesa y la clientela del bar entra mirándola tendiendo un suspiro... y se acuerdan del «abuelo»... abuelo incluso de tanto jubileta que recala en ese sitio al que volví tras tu funeral. Ocupaba tu mesa (te hubiera alegrado verlo) una pareja de «jóvenas» con aire guiri de jacobeas y en tu silla se engarabitaba una inquieta niña de pocos años, rubicunda ella con el pelo ensortijado de diez soles y ojos ladrones de escudriñarlo todo; ley de vida: una niña promesa en el vacío de tu ausencia; estoy por decirte que algo se le habrá pegado y será escritora algún día; habrás de prestarle un lapicero enseñado; házselo llover.
En tu funeral se quedó pequeña la iglesia del Mercado. Estuvieron todos, los que te quieren bien, los que te admiran, los que te respetan e incluso algunos de los que te han temido mucho por si tu fiel memoria les retrataba. Y si se consignaron algunas ausencias notorias, son de las que te honran; te habría encabronado verles allí; era el día de tu paz, con sólo rosas blancas sobre tu féretro, rosas de nuevas nupcias con tu Curra del alma... en el órgano estuvo Samuel Rubio solemnizando la ceremonia que ofició Enrique, tu párroco amigo, con muchos sacerdotes como Máximo Rascón o Viñayo, algo renco de andares el buen abad que pudiendo excusar presencia allá se fue para rogar y darte su empujón personal a la Gloria porque te tiene mucha ley... y autoridades o instituciones... pero era en la cara de tus hijos Rosi y Paco donde se dibujó la severidad dolida, su orfandad ya total... también Pili... y no te digo Marta, que te lleva, como Javier, en su entretela... Juan Vicente, paisano de tu nacencia, se volcó en semblanzas y en tu hondura; que sepas que habló desde el corazón y no desde el cargo... en fin, mañana sigo contándote. 1396927554