Diario de León
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León

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Entre los vecinos de Rabanal del Camino y los dos benedictinos que allí hacen de curas parroquiales acabará habiendo un día hostiones en vinagre, que es lo que comulgan los irreconciliables, dice mi informante. Les recibieron en el pueblo hace ocho años con la espectativa gozosa de ver atendida al fin su parroquia vacante y por lo novedoso de tratarse de frailes y no clero diocesano. Eran jóvenes, se habían segregado de su monasterio de Silos y prometían una autenticidad monacal con entrega pastoral al pueblo feligrés, fomento de la actividad parroquial y enriquecimiento litúrgico, pues esta orden se tiene por la más purista en los ritos manteniendo todo el arcaísmo y teatralidad gregoriana de sus orígenes. Pero a la vuelta de la esquina donde viven esos monjes llegó la defraudación y el divorcio popular. Iban a su bola. Acometían obras en el templo al margen de la autoridad, retiraban mobiliario artístico que no regresa, despreciaban las religiosidades populares propias del sitio, el gregoriano decretado sepultó la música popular de himnos parroquiales o celebraciones tradicionales... y ahora les quieren entronizar allí un san Benito, que será todo lo santo que quieran, pero no estaba en la nómina de la fe llana de Rabanal y la contorna... y para más inri, también quieren apear el reloj de la torre y que las campanas olviden sus toques concejiles... ¿y qué hacemos?, ¿repicar con los cojones?

Todos los vecinos, menos seis, firmaron para que se largen estos monjes. Ya no les aguantan. Van de divinos redentores y despreciones.

Es sospechoso, me dicen, que desertaran de Silos y de su obligación de vida monacal como monjes de regla que son fundando aquí un conventín particular, extrañándose de la autoridad de su abad natural y acogiéndose paradójicamente a la tutela de un obispo alemán («Santa María la de Más Lejos, la más devota») y a la complacencia episcopal astorgana que les da cuerda y amparo para el toque o el trastoque. En fin, opina el pueblo que más que austeridad conventual, buscaban ser abades de su propio reino para no tener que dar razones ni pedir permisos.

Pues que se vayan con su tenderete al quinto cuerno, insiste el común.

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