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León

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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

Además de apuntar a los problemas sociales de hoy, la encíclica «Caridad en la verdad», de Benedicto XVI ha evocado el mayor tabú de nuestro tiempo: el que considera la fe como el mayor obstáculo para la realización humana.

Ya al comienzo de la encíclica dice el Papa que «la verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión» (CV 3).

La doctrina social de la Iglesia es un servicio de la caridad en la verdad. «Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos» (CV 5).

Sinergia, que no divorcio. Si la fe ignora la razón cae en el fundamentalismo. Si la razón desprecia la fe cae en el laicismo. Aunque se miren con recelo, ambos nacen del mismo error antropológico y privan al ser humano de algo que le es propio. «En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa. La razón necesita siempre ser purificada por la fe , y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad» (CV 56).

Esa mutua exclusión daña el ámbito político y el científico, como se ve hoy día en la discusión bioética. ¿Se apela a una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia? Es una alternativa que refleja la concepción del hombre y de lo humano. «Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas » (CV 74).

Nuestra sociedad no debería tener miedo de la fe. Tampoco debe abdicar de la razón para caer en la telaraña del espontaneísmo, del mero sentimiento o del pragmatismo. «Dios revela el hombre al hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral» (CV 75).

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Ni el fundamentalismo ni el laicismo sirven a la caridad en la verdad. Las dos opciones ignoran la integridad de la persona. Cuando se excluyen, niegan las vías de acceso al sentido de la existencia humana y de la convivencia social.