Decir el nombre de Jesús
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Este domingo tocamos un tema duro y difícil: el tema del dolor, el mismo que anuncia Jesús en el Evangelio. El Señor nunca lo vio ni lo aceptó como algo bueno; todo lo contrario, se dedicó a combatirlo y, en sí mismo, lo asumió hasta incluso con miedo en el Huerto de Getsemaní. En la mano humana está, pues, hacer que el dolor sea ruina o parto. Musset decía que «nada nos hace tan grandes como un gran dolor» o Fenelon decía que «quien no ha sufrido no sabe nada». El verdadero problema del dolor no está en su origen o naturaleza, que nunca acabaremos de descifrar, sino en su sentido: más importante que aclarar cuánto se sufre, es saber cómo se sufre. La manera de encarar y encajar el sufrimiento probablemente sean el testimonio más grande y elocuente que una persona puede dar de sí misma.
El cristiano tiene la oportunidad de encontrar una respuesta a este problema. Pero no nos engañemos: esa respuesta no es nada fácil. Es una respuesta que se apoya en tres grandes razones: La primera es la fe en Jesús de Nazaret, Dios y hombre, que comparte nuestra suerte, que experimenta el dolor y la muerte. Pero la superación no está en eliminarlo, acaso como a todos nos habría gustado, sino en darle un sentido. En segundo lugar, está la promesa de Dios de que también nosotros resucitaremos con Jesús y, como El, triunfaremos así sobre todo dolor y toda muerte; además entonces encontraremos el sentido a nuestros quebrantos presentes: Mas esa promesa está relegada a un futuro. En tercer lugar, la confianza en Dios, que cumple sus promesas y no deja defraudado a quien confía en El. No es, en absoluto, una respuesta de laboratorio; no es una respuesta contundente, porque no puede serlo: se mueve en el plano de la fe y hace referencia a una realidad que desborda nuestra capacidad de comprensión; pero es una respuesta válida para quien quiera acogerla. Y son muchos los hombres y mujeres que lo han hecho.
La tarea no es fácil. Pedro no tiene problema en reconocer quién es Jesús, pero no quiere un trono de Cruz y humillación para Él y, de rebote, para sus seguidores. Este problema, el de la fe que se rebela y se viene abajo ante el dolor, sigue siendo el gran problema de los cristianos de hoy. Negarse a sí mismo, cargar con la propia cruz, perder la vida por el Evangelio: todo esto significa lo mismo, significa hacer el mismo camino que el Mesías al que seguimos. Significa asumir la propia condición e impotencia humanas y vivirlas como Cristo las vivió. Pretender «salvar» la vida significaría, en cambio, querer estar por encima de los demás y quererse escapar por cuenta propia de la dureza del ser hombre: escaparse de ello mediante el dinero, el prestigio, la mentira, encerrándose en uno mismo. Asumir la condición humana y actuar como el Señor, significa, además, sentirse en solidaridad y comunión con los demás hombres. Y significa, finalmente, saberse guiados por Alguien que ha salido victorioso de todo esto: el camino está abierto. Eso es pronunciar en verdad el nombre de Jesús.