Cornada de lobo | pedro trapiello
Tarta de calaveras
Se hacen cruces y espantos algunos obispos dolidos de ver cómo una fiesta cabalacera y yanki ha infectado hasta el tuétano a esta sociedad papanata y copiona que viene celebrando Halloween como si esto fuera Tennesee, Boston o el estado cincuenta y dos de la Unión. Ya no hay colegio, asociación o municipio que no afore el gasto o la iniciativa de remedar el fiestorrillo infantiloide que ha dictado en nuestras nuevas generaciones y frentes de juventudes la marabunta peliculera y televisiva norteamericana que nutre nuestro subconsciente y nuestros delirios de grandeza. No dude nadie que estamos cautivos y desarmados ante esa industria del cuento en colorines.
Tienen su razón los prelados. Y tienen también poca memoria y menos derecho que nadie a escandalizarse por la extranjerización y colonización de las fiestas del lugar con las que exporta la capital del imperio y su cultura dominante, apabullante y obsesiva ( Roma locuta, causa finita ).
También Roma fue imperial imponiendo gustos, leyes y nombres de pila; y cuando la Iglesia romana universalizó su ley y catecismo, ¿no impuso su calendario festivo y sus ritos a todo tipo de culturas o países?... ¿no impostó sus fiestas sobre celebraciones tradicionales y propias acusándolas de paganas?... ¿no uniformó la cosa y el estilo festivo desde Bizancio a Filipinas?... ¿y no lo hizo incluso con la espada o cañoneras contra el infiel?...
Hablando de fiestas mortales y ritos de difuntos, fue precisamente la iglesia española tridentina y comendataria del siglo XVI la que exportó a las culturas americanas el trepidar teológico, la procesión disciplinante, el cucurucho, el sambenito y las terribles tinieblas, los cristos sangrados y la milagrería fetichista... y esto sí que es un jalogüin imaginativo que da aguas benditas con honda a esa fiesta anglosajona cuyo terror de vela y calabaza da risa y cuyas caretas mueven a propina. Quien haya estado en México en el Día de Difuntos comprobará cómo de vivo sigue hoy el carnavalón mortuorio, el fiestorro de cementerio, el cachondo tuteo a la muerte, la tarta de calaveras y la borrachera de ánimas... Pues bien, los obispos de la religión azteca de entonces se cabrearon igual.