Diario de León

Diario de una aventura

El tiempo se detuvo en Saldang

En Saldang, «capital» del alto Dolpo, no hay máquinas y apenas metales; todo lo que parece mecánico es de madera: hace cientos de años era igual

El monasterio de Saldang, perdido en la nada.

El monasterio de Saldang, perdido en la nada.

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León

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Nuestro objetivo es alcanzar el Reino de Mustang atravesando el alto Dolpo, la región más inhóspita del Nepal y casi diría de todo el Himalaya, pero antes nos gustaría hacer algunas escaladas, sobre todo el Arniko Chuli de más de 6.000 metros cuya cima es frontera con el Dolpo, Mustang y Tíbet, pero la realidad es que nuestro próximo objetivo puede ser cómo buscar la manera de salir del alto Dolpo cuando terminemos de alcanzar la parte más alta de estas frías y desoladas tierras.

Seguimos ruta una vez descendido el gran paso de montaña de 5.400 metros de altura y al atardecer aparece ante nuestros ojos el monasterio de Shey, con 600 años de antigüedad es centro de peregrinaje de budistas, porque se encuentra frente a las llamadas montañas de cristal, un lugar según ellos fuente de energías positivas.

Es un lugar cargado de historias. Dicen que hace mucho tiempo se practicaba la religión bon, antecesora del actual budismo lamaísta. Incluso hay quien dice que había monjes aficionados a la magia negra y hechizos. Al día siguiente emprendemos camino hacia Namgjun, otro monasterio aislado en mitad de la nada, pero antes nos espera otro collado de 5.100 metros, que se nos hace muy largo por el intenso frío, pero al coronarlo, nos quedamos boquiabiertos al contemplar las montañas que bordean el Tíbet. Creo que es la vez que más distancia alcanzo a ver desde una altura. ¡Es increíble! Los monjes nos atienden con suma complacencia, y ya por la mañana seguimos rumbo hacia Saldang, la capital por llamarlo de alguna manera del alto Dolpo.

Llegamos a mediodía y pronto nos damos cuenta que es la primera aldea que vemos desde que llegamos al alto Dolpo. Las casas son grandes, y la vida bulle. Todas las mujeres y hombre trabajan desgranado la cebada de las espigas, preparándose para el largo invierno. De aquí son los famosos caravaneros del Dolpo, de donde parten todas las caravanas que atraviesan el Himalaya hacia el Tíbet en busca de la sal para comerciar con ella en las tierras bajas del Nepal. Son gentes rudas, mal tratadas por lo elementos; sólo ellos son capaces de adaptarse a este medio tan hostil. Viven con lo justo, el dinero casi no hace falta, no existen tiendas, lo más importante es administrar lo poco que les da la tierra y los yaks. Nunca antes había estado en un lugar donde verdaderamente el tiempo se ha detenido. Viven igual que hace cientos de años, exactamente igual, visten igual, comen igual y mantienen las mismas costumbres. No hay máquinas, casi no hay metales, y todo lo que tienen es lo que pueden conseguir en estas lejanas tierras. Todo lo que parece mecánico es de madera, no hay engranajes, ni tornillos, ni palas, ni picos, nada metálico, todo se hace a mano o con madera. Hacemos muchos amigos, dolpas y kambas, los kambas eran antiguos bandoleros de caminos que venían de la región de Amdo, pero ahora son héroes, pues sólo ellos defendieron con armas, uñas y dientes el Tíbet ocupado por los chinos; han tenido que refugiarse en estas remotas tierras para no ser perseguidos por lo chinos y conviven perfectamente con los dolpas.

Estamos en cierta manera atrapados en estos altos valles, de los que sólo se puede salir a través de pasos de montaña de más de 5.000 metros, completamente cerrados para los animales, incluidos los yaks. Esperemos que el paso del tiempo nos los desbloquee o nuestra idea de alcanzar el reino del Mustang y las escaladas se terminarán antes de haber comenzado.

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