Lámpara y cultura
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero». Ese verso del Salmo 119 es una perla preciosa que revela el amor del pueblo de Israel a la palabra de Dios. Pero es también testigo del respeto con que el pueblo cristiano la acoge.
Escuchar la palabra de Dios y llevar a la vida concreta el espíritu que en ella se transmite. He ahí una vocación que nos distingue y nos honra. En un pequeño libro de la Biblia, como es el de Baruc, se encuentra la expresión del aprecio de Israel por la palabra que le ha sido revelada: «No des tu gloria a otro, ni tus privilegios a nación extranjera. Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor, se nos ha revelado» (Bar 4, 3-4).
En la ciudad de Tiberíades hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la tumba de Maimónides. Aquel gran pensador judío español reconoce al cristianismo -“y también al Islam- un papel providencial para la difusión del monoteísmo y de la Ley de Moisés. Según él, la fe cristiana ha contribuido a «preparar todo el mundo a la adoración de Dios en la comunidad de los corazones (-¦) Así la esperanza mesiánica, la Torah y los mandamientos han llegado a ser patrimonio religioso común entre los habitantes de las islas más lejanas y entre los numerosos pueblos incircuncisos de carne y de corazón».
Esta observación ha caído en el olvido, incluso para los que alardean de promover la alianza de las civilizaciones. Es preciso recordarla para redescubrir el valor de la palabra de Dios, la luz que derrama sobre nuestra existencia y el honor que se nos concede al conocerla, amarla y difundirla.
La palabra de Dios ha impregnado la cultura mundial. Este pasado domingo, en la ciudad de Brescia, el Papa decía que «el óbolo de la viuda» se ha convertido en una expresión universal. Junto a esta y otras muchas referencias bíblicas, sabemos cómo han influido los pasajes bíblicos en la pintura, la escultura, la literatura y la música. Sin conocer la palabra de Dios es imposible entender las mejores obras de esta cultura.
Pero más importante aún son los valores morales y el espíritu religioso que la palabra de Dios ha prestado a nuestra vida personal y social. La fidelidad a esa tradición nos humaniza y nos hace libres de los ídolos que nos esclavizan. Más aún, el mensaje de la palabra de Dios, cuando es acogido con limpio corazón, nos ayuda a crear los lazos de una fraternidad universal y nos revela cada día el rostro amoroso de Dios.
Si no prestamos atención a la palabra de Dios la algarabía de nuestro mundo nos alejará del camino de la verdad. Pero si escuchamos la palabra de Dios y endurecemos el corazón, perderemos el sentido de la existencia.
«El que escucha la Palabra y la entiende, ése dará fruto». Esas palabras de Jesús son un buen programa pastoral. Y la regla de vida para todo cristiano.
La palabra de Dios da fuerza a nuestras humildes palabras y da vida a los sueños mejores que reflejan nuestra vocación a la esperanza.