Diario de una aventura
Bienvenidos al infierno
Estamos en el borde del cráter del Marum: en el fondo, un gran lago de lava que oímos, pero no vemos, por los gases; parecen olas embravecidas

En el borde del cráter del Marum.
Está claro que este Desafío es mucho más difícil de lo que esperamos. Lo más sorprendente es que nada más salir de la selva, aparece la gran caldera de 12 kilómetros de ancho, que se extiende como un desierto de destrucción donde sopla un viento constante. No es un viento normal, es racheado, sopla de lado y es fortísimo. Ni al mismísimo Dante se le hubiera ocurrido un escenario tan horrendo.
Nos equipamos con nuestros mejores trajes de agua, botas, etc.., y nos pusimos en marcha, en dirección al cráter Marum, cuyo diámetro es de un kilómetro, y casi 400 metros de profundidad.
John grita que vienen gases muy tóxicos y se afana en sacar rápido las máscaras de las mochilas. Nos las ponemos precipitadamente y sentimos enseguida un extraño olor que traspasa los dos filtros paralelos que tienen las mascaras. Ya más tranquilo, nos detalla su uso y nos da explicaciones: lo que se nos ha echado encima son nubes de ácido sulfúrico y algo de clorhídrico, son espesas, blancas intensas, y se mueven a gran velocidad, éstas serán nuestro enemigo número uno, mejor dicho el número dos, porque el uno son las nubes azules, sumamente letales.
Así avanzamos por escorias, lavas enfriadas, piedras pómez, montículos de meteoros que han sido expulsados a gran velocidad, extraños filamentos que parecen pelos, y mil y un vapores azufrosos. Según remontamos la parte final del cráter principal nos sacude una fortísima racha de viento muy caliente, que no nos deja ver ni a un metro siquiera, pierdo la referencia de mi hermano que estaba a tres metros, y lo peor de todo es que casi no podemos respirar. Una extraña sensación nos invade a todos, pensamos que algo se ha descontrolado en los cálculos de John, esto no es normal, estamos casi fritos de calor, sin respirar y quemándonos la garganta. Sin preguntarnos nada echamos a correr despavoridos sin ver nada.
Kike está desorientado, Emilio es la primera vez que no graba -algo excepcional- y sus ojos buscan respuestas, la persona «X», se tira al suelo, grita y se tapa la cara. John, grita que no nos movamos ni un metro, y que nos agachemos de culo a esta nube de muerte. Dice que nos relajemos y respiremos despacio y sin gastar fuerzas, «la nube pasará-¦». Fue un minuto, pero os juro que pensé que no lo contábamos. Era como si el mismo diablo nos quisiera llevar.
La última parte del cráter, es la más empinada. De pronto, un ruido ensordecedor y aparece una nube blanca muy tóxica desde el interior del cráter a una velocidad increíble. Por instinto nos tiramos al suelo para protegernos, resbalo en la ceniza y me deslizo unos diez metros inmerso en la nube de gas tóxico. ¡Qué pesadilla!
Estamos en el borde de este cráter: hacia abajo casi 400 metros de caída vertical, y en el fondo un gran lago de lava que oímos pero que no vemos. El cráter está completamente lleno de vapores y gases, y no se ve absolutamente nada, pero el ruido pone los pelos de punta. Son como explosiones y olas que golpean contra acantilados en mitad de una tempestad.
El suelo es negro de las cenizas, el viento ensordecedor, llueve torrencialmente, la niebla, vapores y gases tóxicos nos envuelven, y aun así, el guía local, encuentra la senda que nos devolverá sanos y salvos al campo base. La experiencia, aterradora, pero fascinante; yo diría que está empezando a embrujarnos el mismísimo diablo.