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León

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Desde que a mediados del siglo pasado la moderna hemoterapia irrumpe en la medicina, las transfusiones de sangre han crecido exponencialmente.

Para que esas transfusiones sean posibles, se ha de pasar por la antesala de la donación.

Los términos «donación» y donante» que hoy se usan para casi todo, en realidad nacen con lo genuino que sin duda es la «donación» de sangre y los «donantes» de ese líquido vivificador e imprescindible para atajar un gran número de patologías que de otra manera no tienen solución ni clínica ni farmacológica.

Por lo general se conoce la donación de sangre de una manera superficial. La causa está en lo que los historiadores de la medicina coinciden en señalar: La sangre ejerce tal fascinación entre los humanos, de todas las culturas, razas, niveles educativos, etc., que preferimos no tener que nombrar la palabra «sangre». Precisamente porque nuestro acervo cultural la tiene asociada a connotaciones muy negativas, más concretamente con la muerte. «Si se va la sangre se va la vida» ha sido una máxima incuestionable a lo largo de las civilizaciones. El temor atávico y ancestral hacia esta palabra es la que dificulta que se popularice su valor. Es curioso observar cómo la gente entiende, visualiza mejor, lo que son los trasplantes de un órgano sólido y lo valora por lo grandioso de sus resultados, pero no así con la sangre que salva 50 veces más vidas que los trasplantes, incluso éstos no serían posible sin sangre, antes, durante y después del trasplante.

El Premio Nóbel Karl Landsteiner determinó los grupos sanguíneos ABO en los humanos y en 1940 los antígenos que determinan el rh de la sangre y por tanto sus incompatibilidades. A partir de él podemos hablar de hemoterapia y transfusión sanguínea con las garantías terapéuticas que hoy son una realidad asombrosa y que los nuevos avances sobre componentes del plasma y en concreto de determinadas proteínas de las inmunoglobulinas pueden revolucionar el futuro de la medicina. Hasta el punto, que los máximos expertos mundiales auguran un crecimiento en el consumo, y por tanto en las necesidades de sangre y plasma en muy pocos años, hacia el 2020, de un 30% por encima del actual y en el caso del plasma más de un 100%

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Esto va a ocasionar efectos preocupantes, en unos casos de desabastecimiento si no cuidamos la sensibilización y conocimiento de la realidad entre toda la población sana y altruista desde ya, y en otros, de situaciones de mercantilismo y desigualdad entre quienes puedan pagar y quienes sencillamente se morirán por falta de sangre o alguno de sus componentes, todavía con mayor incidencia de lo que ocurre ahora mismo en los países no desarrollados.