martes 26/10/21
José Fernández Pardo | Natividad Matilla de la Puente

«Pasé 53 días en la UCI y le dijeron a mi mujer que preparara los seguros»

El 20 de marzo, al inicio de la pandemia, José Fernández Mayo ingresó en la UCI en estado crítico, inconsciente y con neumonía bilateral. Salió del Hospital tres meses después, coincidiendo con el fin del confinamiento. Su mujer, Natividad, pasó el virus en casa, sola, esperando las llamadas con el parte de los médicos, que no daban buenas noticias.

La mañana del 14 de marzo de 2020, José Fernández Mayo, de 78 años, se levantó con fiebre, molestias corporales e inapetencia. Ese día, el Consejo de Ministros decidió, en una reunión extraordinaria, la entrada de todo el país en un estado de alarma y un confinamiento estricto para frenar el avance de Sars-Cov-2, un virus que, por lo que se sabía entonces, sin apenas pruebas de detección y con un desconocimiento clínico sobre la evolución de la enfermedad que provocaba y su impacto real en la población, afectaba en León a 32 personas, de las cuales 22 se detectaron en el día anterior. José llamó a su médico. Las restricciones que afectaban ya a la hostelería y al servicio urbano limitaban también la entrada a los centros de salud. Por teléfono, y tras la descripción de los síntomas, el especialista le recomendó que tomara paracetamol. Pero lejos de mejorar, empeoró. «Volví a llamar y me subió la dosis, me dijo que tomara dos paracetamoles», que tampoco aliviaron su estado. Cada vez se encontraba peor. «No podía respirar bien y volví a llamar. Entonces me mandó a casa un médico. Entró con mascarilla, porque todavía no estaba muy asentado el riesgo real de este virus. Me puso la goma en el pecho y de lo que pasó después ya no me acuerdo». Al médico le bastó auscultar en casa a José para darse cuenta de la gravedad del cuadro de neumonía bilateral que dejaba su salud en un estado crítico. Era el 20 de marzo y habían pasado seis días desde que notó los primeros síntomas. No se imaginaba entonces el camino que le quedaba por recorrer para salvar su vida, con tres meses de ingreso hospitalario, de los que 53 estuvo en la UCI, 46 sedado.

El facultativo entró en casa de José justo poco antes de que su consciencia se fundiera en negro. A partir de ese momento no se acuerda ni de la llegada de la ambulancia, ni de cómo le subieron a la camilla, ni de su ingreso por urgencias directamente en la UCI del Hospital de León, ni de los tratamientos que le pusieron. Su vida corría peligro y lo sedaron. Intentaron despertarlo varias veces días después, pero tuvieron que volver a dejarlo inconsciente porque se alteraba muchísimo. De eso tampoco se acuerda, lo sabe porque se lo han contado después.

José tampoco fue consciente del padecimiento emocional de Natividad, su mujer, que tiene 80 años y también pasó el covid al mismo tiempo que él, pero en casa y con síntomas leves. Natividad esperaba impaciente y con temor la llamada diaria de los médicos del Hospital que le informaban del estado de salud de su marido. Las noticias eran cada día peores. En cada una de las comunicaciones le recordaban que tuviera los papeles a mano, como el seguro de decesos, que le iba a hacer falta, con casi toda seguridad, según le advertían los sanitarios, de un momento a otro.

«No sé cómo me pude contagiar», recuerda José. «Pocos días antes estuve en Madrid para ver jugar al Atlético de Madrid, del que soy socio. También estuve en el Monte San Isidro para visitar a una prima carnal que se murió después y asistimos al entierro. En el coche que conducía yo viajamos mi mujer y mi hermana. Íbamos sin mascarillas. Yo creo que el día del entierro ya estaba contagiado, pero no lo sabía. Sin embargo, mi hermana no se infectó, mi mujer lo pasó asintomática y yo estuve a punto de morirme. ¿Por qué unos sí y otros no? se pregunta.

En esos primeros días de la pandemia las mascarillas no eran obligatorias. Más bien al contrario. El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, quitó importancia a su uso. Además, este medio de protección que todavía hoy es obligatorio en locales cerrados, escaseaba en las farmacias. Hay que recordar que ni los sanitarios disponían de la protección adecuada para atender a los pacientes. En los anales de la historia de esta pandemia queda la rueda de prensa del vicepresidente del Gobierno de Castilla y León, Francisco Igea, el 20 de marzo, en la que solicitaba la colaboración ciudadana. «Les pido a todos los ciudadanos y empresas de Castilla y León que hoy no necesitamos aplausos, hoy necesitamos su ayuda. Necesitamos material. Todo el material que muchas empresas y algunos particulares guardan en sus domicilios a día de hoy. Necesitamos con urgencia su colaboración: equipos de protección individual consistentes en mascarillas quirúrgicas, mascarillas FFP2, mascarillas FFP3, batas plastificadas, gafas de montura integral, gafas antisalpicaduras, mandiles plastificados, buzos 3B y 4B, mascarillas EN95 y pantallas faciales». Ese 20 de marzo, el mismo día que José entró en la UCI inconsciente, había 134 personas contagiadas y cinco muertes. Pero la pandemia sólo dejaba ver la punta del iceberg.

En la UCI, aislado, con una traqueotomía —una incisión en la tráquea para permitir el acceso de una vía respiratoria— entubado, sedado, con complicaciones colaterales por el virus, José recuerda sentir la soledad. «Me dijeron que pasaban a atenderme, que me daban la vuelta para ponerme boca abajo, después boca arriba, pero de nada de eso fui consciente». Pero, contra todo pronóstico inicial, su salud mejoraba poco a poco. «Cuando me despertaron los vi ahí, no podía ver sus caras, parecían soldadores tal y como iban vestidos, no podía imaginar qué era lo que estaba pasando. Quise hablar y no pude. Me tranquilizaron. Me dijeron que no me preocupara que ya volvería a hablar. Me sentía cansado, muy cansado. No tenía fuerzas ni para coger el móvil. Antes de entrar en la UCI pesaba 78 kilos y perdí 22 durante mi ingreso».

José siempre fue aficionado al deporte. Antes de caer enfermo iba de lunes a viernes al gimnasio. «Hacía una hora de ejercicio aeróbico y pesas. También bicicleta. Los médicos me dicen que eso fue lo que me salvó, que por eso resistí, pero cuando salí de la UCI había perdido toda la masa muscular».

Antes de pasar a planta estuvo ocho días más despierto en la UCI. «Me lavaban, me perfumaban. Me atendían con mucho cariño. No tengo nada más que agradecimientos para todo el personal del Hospital, para todos, para el personal de limpieza, los celadores, las auxiliares, personal de enfermería y medicina, para todos. Es increíble lo bien que se portaron. Vi llorar de impotencia a las enfermeras. Yo estaba en un box acristalado. No se oía y casi no se veía nada de otros boxes. Me di cuenta que había un profesional sanitario que se sentaban en una zona que había en medio, porque a los boxes nadie entraba a no ser que lo necesitaras y siempre cubiertos completamente. Esa persona vigilaba las máquinas a las que estábamos enchufados y avisaba cuando alguna se paraba, lo que indicaba que alguien había muerto. Sentí miedo».

En la planta de Neumología permaneció ingresado otros 37 días. «Me dieron un móvil para hablar con mi mujer, pero se me había olvidado cómo manejarlo. Es terrible. De los que estábamos allí, unos cuarenta, creo que sobrevivimos tres».

José convive con las secuelas que le dejó el virus en el pulmón y calcificaciones en la cadera por la postración en la UCI, que le provoca problemas de movilidad. «Me pusieron una fisioterapeuta para 30 sesiones, luego la pagué yo hasta este verano. De momento no puedo conducir todavía porque tengo limitaciones».


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