domingo 11/4/21

El voto oculto de Trump

Pese a admitir sus excesos y sus modales desabridos, antiguos simpatizantes demócratas creen que hay motivos para cambiar de opción y apoyar de nuevo la reelección del presidente
Donald Trump baja ayer la escalinata de la Casa Blanca. CHRIS KLEPONIS

Las urnas son un confesionario. Ese lugar íntimo en el que cada alma se queda sola con su conciencia y sólo tiene que responder ante el Creador. Donde al cerrarse la cortina desaparecen los miedos al qué dirán, el sentido del ridículo y la humillación de no ser comprendido. El lugar al que no llegan las encuestas, porque lo inconfesable solo se dice a la hora de la verdad.

Los periodistas pueden ser como esos confesores que tienden la mano y oyen lo que uno no se atrevería a publicar en los periódicos. Como Dolkun Kanat, que se confesó con una extraña a través del plexiglás de su taxi, porque hay cosas que son más fáciles de contar a un desconocido sin ánimo de juzgar que a otros neoyorquinos incapaces de entender que una persona dulce y sensata pueda votar el 3 de noviembre por Donald Trump. Sobre todo cuando hace cuatro años era demócrata y apoyaba a Hillary Clinton.

«Soy uygur, ¿sabes?». Sí, claro, que sí. El taxista chino pertenece a una de las 55 minorías étnicas que se reconocen en el país asiático, más multicultural de lo que parece desde fuera y de lo que querría el Partido Comunista Chino, que dirige el país con mano férrea. La suya es original del noreste del país, habla uigur y se convirtió al islam a partir del siglo X. Desde hace cinco años más de un millón de uigures han pasado por campos de concentración donde se les ‘reeduca’ para la homogeneización, aunque la persecución más violenta comenzó tras la masacre de 2009 y, con ella, la diáspora. No son suficientes como para formar un grupo de influencia en ningún país, así que no le importan a ningún gobierno, salvo al de Trump, que en junio firmó la Ley de Política de Derechos Humanos para los uigur.

«No soy gran fan de Trump, pero sí de su partido y de lo que están haciendo», explica. «Los republicanos son más religiosos y por tanto más sensibles a la persecución de minorías religiosas. La mayoría de los demócratas no creen en Dios, tienen una moralidad diferente». En 2016 no lo entendía así porque todavía no hablaba bien inglés y se quedaba con los titulares.

«Cuando Trump atacaba a los musulmanes yo lo tomaba de modo personal, pero ahora me doy cuenta de que eso no iba contra nosotros, sino contra los radicales que hay en cualquier religión. Y es bueno que condene a los países que los albergan, porque ellos no hablan por nosotros y la mayoría son dictadores como China y Corea del Norte. Nosotros somos gente pacífica».

Si algo tira para atrás es la mala educación del candidato republicano, la forma en la que trata a la gente y su apoyo a los supremacistas blancos, pero quiere darle una oportunidad. A Mr. Imin le molesta cómo trata a los demás y, sobre todo, a otros países, porque cree que necesita de Europa para plantarle cara a China. «Demasiado énfasis en ‘America First», objeta.

Como a Lili, una colombiana a cuyo marido periodista mató la guerrilla y ahora limpia casas en Nueva York. Dice que no tiene tiempo para entrevistas porque no hace más que trabajar, pero puede ser una excusa para evitar la cámara. No le importa compartir que le gusta «este señor porque no se anda por las ramas y no es político, como los demás, que siempre andan prometiendo y nunca hacen nada por nadie más que por ellos mismos», cuenta. «Este dice las cosas tal como son. Ha hecho muchas cosas» que ella ha visto con sus propios ojos, porque la economía iba mejor hasta que se desató la pandemia.

Nadie puede discutirles que Trump no se ha comportado como un político al uso y ha sido diferente a todos sus predecesores. Mr. Imin votó por Barack Obama y por Hillary Clinton, pero cree que los demócratas eran demasiado amables y políticamente correctos con China.

El voto oculto de Trump