VERLAS VENIR
Adiós al carbón
U na lectura en exceso lírica del orden del día que clausuró la octava legislatura autonómica situaba su broche en Babia, cuyo parque natural aprobó el pleno de ayer. La ley promovida por el consejero Silván abraza dos comarcas vecinas, Luna y Babia, desterrando para siempre la anterior nomenclatura de Valle de San Emiliano, que jibarizó durante años la vitola natural de la zona. Otra extravagancia amañada por el veterinario Pedro Madrigal en sus tiempos de alcalde con mando en aquella plaza. Pero ni Babia puso el broche, que correspondió a la creación del Consejo de colegios profesionales de odontólogos y estomatólogos, ni la despedida fue tan bucólica. En realidad, con los mineros en la tribuna, a la puerta, en las carreteras o cortando la vía, suyo fue el protagonismo absoluto de esta despedida parlamentaria. Aunque la proposición socialista, instando a la Junta a reclamar al Gobierno el pago de sus obligaciones económicas con cargo al Plan del Carbón expirado hace tres años, entre otras encomiendas, fuera rechazada por el pleno.
En mi última factura bimestral de la luz, observo que el coste de los recargos y peajes «por normativa vigente» duplica el importe del suministro eléctrico. Además, la suma también dobla la cifra pagada hace un año. Es el ejemplo doméstico de un desbarajuste generalizado y sin control de ninguna especie. La carta de Herrera al ministro Soria, que publicó ayer este periódico, califica la situación de la minería de emergencia y después de advertirle que no se entretenga haciendo trampas al solitario, le requiere el cumplimiento de los acuerdos suscritos, «cuyas medidas están retrasadas y en algún caso paradas». Tampoco le tose alto al canario. Ni siquiera como a Montoro. Porque lo más grave del descuido ministerial, en esta secuencia de asfixia implacable de la minería, es que una vez expirado en diciembre el procedimiento que fijaba las toneladas y el precio al que deben comprar las eléctricas el carbón nacional para sus térmicas, cada empresa aplica un sistema de agobio, aunque todos orientados al mismo fin, que es la extinción.
La pasada semana atisbaba desde este mirador el paisaje de destrozos que nos va a dejar la travesía de la crisis. El más hiriente, sin duda, es el de la minería, porque pone fin a una etapa que durante un siglo supuso dinamismo para amplias zonas de la montaña leonesa y del Bierzo. El ministro Soria ha conseguido en tres años amortajar la minería del carbón, mientras sufragaba con diligencia y dispendio el gatillazo del almacén mediterráneo de gas. De aquella ocurrencia sacamos en limpio los sucesivos terremotos padecidos en estos años y las pesquisas de fractura hidráulica cuya tramitación acelera de un tiempo a esta parte. Mientras, los valles mineros se han ido desertizando, sin que nadie se ocupe de su restauración medioambiental. Ni siquiera de los cielos abiertos. Es otro de los legados de esta estampida, aunque las escombreras de mi pueblo cuentan más de medio siglo de inactividad y nadie ha vuelto a reparar en ellas. Ahí siguen, sin arreglos ni disimulos. Si la autoridad no atiende al pago de los compromisos contraídos, cómo plantearse reparar los destrozos. La estrategia gubernamental con el carbón responde por ahora a la presión de las eléctricas, dispuestas a aplicar la última vuelta de tuerca al sector. Estamos en las vísperas.