VERLAS VENIR
Contigo aprendí
E l apretón catalán estimuló la puesta en marcha de la undécima legislatura en Madrid, mientras las cuestiones previas del caso Noos generalizan la impresión de que mal nos hayan de amparar los defensores del Estado ante los desdenes y desprecios formales perpetrados en la sesión de investidura del alcalde de Gerona como presidente de Cataluña. O frente al pasote borbónico. Es lo que tiene el aguacero, que queriendo o sin querer, acaba embarrando la actualidad. Y en esa charca de escenario, lo habitual es chapotear. Por eso, no conviene disparar conjeturas ni forzar paralelismos. Si el atasco catalán se despejó manejando el chupón que hizo correr a Mas, nada garantiza que vaya a ocurrir otro tanto con Rajoy, al menos de momento. Un paréntesis explicativo. El chupón es el desatascador de goma que aliviaba los fregaderos de posguerra. Por si alguien trataba de buscar tres pies al minino.
En ese sentido, la enseñanza del suicidio de la CUP no vale para la política nacional. Y tampoco está el panorama como para andar esperando tres meses y medio, que es lo que tardó en quebrar la resistencia de Baños y su pandilla anticapitalista. De momento, la constitución de los parlamentos nacionales ha puesto de relieve, por una parte, el eficiente papel mediador de Ciudadanos, y por otra, el bicho nacionalista que carcome las actitudes pretendidamente progresistas y renovadoras de Podemos. Aunque no solo. Ese desparpajo de baratillo que maneja su líder Pablo Iglesias para atribuir infames asechanzas a los adversarios, se bloquea cuando toca explicar las confusas posturas de conveniencia periféricas. Porque, al cabo de la transición treintañera, una de las pocas convicciones que no admite excusas ni reservas es el carácter reaccionario de los nacionalismos. Disimulen como disimulen y se adornen como se adornen.
Así que pocas enseñanzas cabe extraer del reciente episodio catalán, si no es la facilidad que supone echar de la escena a quien representa el baldón de lo viejuno. Allí, Mas; aquí, Rajoy. Para aspirar a un relevo así, el único instrumento fiable es la implicación otra vez de Ciudadanos y socialistas, como ya ocurrió en la constitución del parlamento con la rabieta de Podemos. Y no debiera desecharse una solución de ese tipo. Porque la experiencia de la transición nos enseña que hay políticos hábiles para las campañas, que otros en cambio no aguantan, mientras los pactos y acuerdos prosperan mejor de la mano de políticos a los que la voracidad de la opinión publicada había dado por amortizados antes de tiempo. Y de las elecciones a hoy, sólo Rivera ha mostrado esa capacidad, logrando sin cicaterías una solución modélica para la mesa de las Cortes. Tanto en la figura de su presidente, como en la distribución de asientos, aunque buena parte de sus ocupantes concretos estropeen el reparto. Pero esa es ya una responsabilidad de los partidos que los ponen ahí. Y en eso, tampoco se atisba enmienda ni corrección de vicios.
Ni en eso, ni en la frivolidad de las fórmulas de juramento de los nuevos parlamentarios, quienes parecen competir en ocurrencias con sus colegas concejales y diputados autonómicos. Y ahí sí que conviene echar el freno. Porque toman posesión de un escaño en la casa que representa la soberanía nacional; no están jaleando la boda civil de unos colegas.