El invento del maligno
Princesas
Era inevitable que Princesas de barrio , el nuevo docu-show de menestrales de La Sexta, generara un cierto debate. De hecho, ese era el objetivo del programa al poner el foco en las vidas de esas señoritas de formación limitada, cartera menesterosa y costumbres livianas. Cojamos a los parias de la tierra y elevémoslos a la condición regia. Pero, ¿de verdad esta gente representa a alguien? Vamos a ser serios. Yo he pasado larguísimos años de mi infancia en un barrio periférico y, realmente, el tipo de mujer suburbana que recuerdo no tiene nada que ver con estas mozas de oreada entrepierna y cerebro exiguo. Es posible que treinta años de pertinaz educación desvertebrada hayan terminado produciendo este género de humanidad deleznable, pero me niego a creer que sea un tipo mayoritario. Otra cosa es que, a fuerza de repetir el modelo, consigamos que la mayoría de la gente empiece a comportarse así. Ese es el riesgo de este tipo de programas, y hay que decir que la televisión española es particularmente proclive a presentar como digno de emulación lo que solo es digno de urgente reforma. En todas pares, es verdad, se hace espectáculo con la vulgaridad; eso tiene su público y es un negocio rentable. Pero solo aquí, en España, la vulgaridad se presenta como algo divertido, interesante, elogiable, meritorio; algo que vale la pena imitar. Y eso, evidentemente, no pasa sólo en 'Princesas de barrio', sino en otros muchos programas -véase 'Gran hermano', por ejemplo- cuyos protagonistas más destacados son precisamente los menos respetables. Aquí entra la espinosa cuestión de la responsabilidad de las cadenas de televisión al proponer modelos sociales. Bien, la respuesta es sencilla: en España, en general, esa responsabilidad es igual a cero. Si por estos talentos televisivos fuera, nuestro país sería una especie de inmensa fábrica agropecuaria donde el número de borregos se multiplica a medida que crece la faltriquera de los rectores. Ellos forrándose, y el resto balando. Eso sí: convencidos, mientras balan, de que son príncipes. O princesas. De barrio.