Diario de León

El invento del maligno

Viaje con Eguillor

Publicado por
Javier Martín Domínguez
León

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Hubo un tiempo, ya tan lejano, que España permanecía encerrada entre las faldas de la mesa camilla, sofocando los cerebros con humos de rancio brasero. Un tal Eguillor retrataba a las cascarrabias apoltronadas, con morcillas sobre sus cabezas, con frases como esta: «Que poco fuste tiene el mundo Los curas ya no son curas. Las misas ya no son misas. Los chicos ya no son chicos con esas melenas» ( Triunfo . 12-9-70). Era su columna dibujada, aupándose entre el inmovilismo, para hacer viajar la imaginación ante un mundo de prohibiciones. En aquel tiempo de leer y reír entre líneas, los humoristas nos daban un respiro. Feiffer, Saltés, OPS, Chumy Chumez, Regueiro, Ric-Ric y Eguillor se tomaban, por nosotros, el mundo (y sobre todo España) a risa, o al menos con humor, para soportar el encierro interior. Unos años más tarde, en plena transición, ese chico altote, con cara aniñada y permanentes ojos de sorpresa, se fue a hacer las Américas. Apareció por Washington, donde yo compartía corresponsalía con Juan Yuste, Curri Valenzuela, Juan Roldan y Rafael Ramos. El objetivo de Juan Carlos era comerse América, hacer el cross-country , atravesar el país continental de Este a Oeste. Estaba -aún está- La tortuga verde. Un autobús a lo 'hippie', lento y comunitario. Y en fin, la alternativa clásica del galgo gris, los autobuses regulares de línea Greyhound. La opción más barata, lenta y arriesgada, porque te cruzas con cualquier tipo en ese inmenso país donde cualquiera puede llevar una pistola y nadie es de ninguna parte. Eguillor debió meditar sus opciones y apareció al día siguiente por mi oficina. Algo había cambiado en él, que su presencia, siempre agradable, resultaba chocante. «¿Pero cómo vas así?». Eguillor se había calzado un cuello clergyman , en plan cura del 'aggiornamiento'. «Pues yo creo que así voy a viajar más seguro. Nadie se mete con un cura». Reviso ahora aquellas mesas camillas y sus diálogos eguillorianos, y me entra la risa que es la mejor forma de recordar a este hombre brillante que atacó la historieta con transgresora maestría. Y que terminó digitalizando Las meninas velazqueñas para dejar una huella imborrable en el arte, y entre todos nosotros.

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