opinión | yolanda veiga
Hijos de...
Ha parido Cuatro un programa con vocación de no sé sabe muy bien qué. Hijos de papá es una especie de ‘Callejeros’ grabado en el barrio de Salamanca, un contenedor de las miserias humanas de los ricos, un producto casi ofensivo, ideado para que el espectador se divierta con el alarde de ignorancia de sus participantes. La cosa va de chavales sin oficio ni beneficio que viven de pedir dinero a mamá y a los que la cadena ha puesto en el prime time de los viernes para que el espectador despotrique a gusto contra estos jóvenes que habitan los mundos de Yupi y que a la mayoría nos resultan absolutamente extraños, como outsiders en este país en crisis donde la gente hace cola en la puerta del banco de alimentos. Algo ‘extra’ habrá añadido la propia cadena, porque suele ocurrir que la gente nunca es tan guapa como sale por televisión, ni tan alta, ni tan imbécil. Aunque estos tienen un margen tan grande... Manejando el cotarro, Luján Argüelles, que de casamentera (consejos doy y para mí no tengo) se pasa ahora a labores de mediación entre padres e hijos. Pero ¿para qué? ¿cuál es el objetivo del programa? Se supone que mostrar a los chavales que la vida es más dura que lo que ellos conocen, pero para eso hace falta más que sacarles de su hábitat de tiendas de lujo y amigos pijos y ponerlos a llevar burros o a un mercadillo a vender bragas y medias a 3 euros (dos por cinco). No funcionó porque la chica que estaba con los burritos lo entendió como «una humillación» y el vendedor ambulante se lo pasó tan bien que seguirá creyendo que la vida es jauja. Sin dudar de la buena voluntad de la cadena, parece que Hijos de papá es más un ‘reality’ de mal entretenimiento que un programa tipo correctivo. Quizá si pusieran a la Supernanny al frente de la tropa.. Ella, por lo menos, tiene autoridad para castigarles sin tele y sin juguetes y para ponerles de cara a la pared.