Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Más allá del dolor y la alegría, la dignidad de ser. Así reza un texto de Marguerite Yourcenar, y así resumo la necesidad de otra manera de comprender la vida. Terrible sordera la que gastan nuestros representantes. Terrible el bochorno que un gobernante europeo asumiría si una marcha de más de dos millones de personas (tienen que venir los medios de comunicación extranjeros a contar con los dedos porque en España no existe la vergüenza suficiente de asumir cifras plausibles) llegadas de toda la geografía del país, se reuniese en la capital del estado para constatar la desilusión del pueblo con las medidas sociales que ejerce el poder soberano. Terrible es, sin duda. Pero más terrible está siendo la indiferencia con que nuestros dirigentes tratan expresiones de este nivel. En estos días, he escuchado con cierta ironía a ciertos columnistas de lectura nacional y de palabra afilada y efervescente como se ríen o menosprecian un acto como este. Dicen que después de este baile vendrá la normalidad y a los tres días ya nada se recordará. Dicen y cuestionan si realmente es necesario hacer esta «pantomima» y al día siguiente ir al trabajo como si nada.

Mi opinión es que sí que es importante. Imprescindible diría yo. Y creo que la medida con que hay que juzgar el poco calado real de acciones como estas en nuestro gobierno y el poder ejecutivo, es la desvergüenza con que deslegitiman la voz del pueblo. El problema no está en la manifestación puntual. El problema está en la incompetencia y la falta de dignidad de quienes no escuchan con título prioritario las exigencias de un pueblo que es capaz de convocar al margen de ninguna fuerza política en concreto, una marcha así. Si dos millones de personas no impactan, ¿qué necesitan para cambiar? Pero parece ser que lo mismo da que sean dos millones o que sea una marcha de 150 millones. Ya lo decía Enrique Falcón: «Llegado a este lugar/ sería mejor que dispararais./ Que mi libro de aortas os dispare./ Y que entonces caigan los más fieros de nosotros,/ que el sueño de la hambruna quede para siempre repartido/ y repatriado el descaro y desmembrada nuestra rabia,/ y los hijos de la marcha (poderosos amamantados de la arena)/ se mezclan para siempre con el sueño ya imposible de los padres,/ con el hambre genital de nuestros muslos,/ con el hambre.»

La dignidad la configuran colectivos de dos millones de personas pero también hombres, de uno en uno, que con su manera de entender la vida generan una actitud vital ejemplarizante. Por eso creo que junto a la palabra dignidad he de escribir el nombre de Manuel Tejada, hombre que dio peso y valor a esta palabra. Su manera de entender la vida, su manera de construirla, fue un salvoconducto para la honradez, la virtud y el buen hacer en el día a día. No sabía saludar si no era con un abrazo que traspasaba intenciones, de esos que te hacen encontrar la parte más intensa de todo tu ser. Ahora nos ha dejado. Sin discos, sin abrazos, sin la virtud del generador de esperanzas. Ahora la dignidad anda más coja.

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