Diario de León

Y el cielo silvó a Betty

Lauren Bacall ha muerto a los 89 años, pero durante medio siglo fue la viuda de Hollywood gracias o por culpa de su matrimonio con Humphrey Bogart.

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m. s. cardiel | los ángeles
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«¡Qué vida!», exclamó ella misma en 1993 cuando recibió el premio Cecil B. DeMille a toda una trayectoria en los Globos de Oro y, sí, no se puede resumir mejor que en esas dos palabras. Una vida tan interesante que su autobiografía de 1978 By Myself le reportó el National Book Award, y tan duradera que en el año 1994 escribió otra titulada Now , a la que tuvo que añadir un anexo en 2005.

Lauren Bacall, nacida el 16 de septiembre de 1924 en el Bronx con el nombre de Betty Joan Perske, tenía sangre judía polaca (era la prima de Shimon Peres) y rumana, y superada una inicial vocación de periodista, enfocó su carrera a la interpretación. Ninguna inseguridad tuvieron los de la Warner Brothers en cuanto vieron su sinuoso físico, su mirada felina y una voz como si hubiese nacido con un cigarrillo y un whisky con hielo. De inmediato le reservaron una entrada por todo lo alto como «mujer fatal» de Bogart. Tras el explosivo debut llegaron tres películas más: The Big Sleep , con guión de Raymond Chandler; Dark Passage , de Delmer Daves, y Key Largo, de John Houston. Y Bogart y Bacall se convertían en una pareja comprometida contra la caza de brujas del senador McCarthy. Sin embargo, Hollywood se preguntaba, ¿existe Bacall sin Bogart? Ella siempre reconoció su prioridad como esposa que como estrella y se rió de esa imagen proyectada en su primera etapa. «Si hay algo que nunca he sido ha sido misteriosa, y si hay algo que nunca he hecho, ha sido no hablar», reconocería. El Óscar al que nunca la nominaban fue compensado con dos premios Tony por dos musicales irónicamente basados en filmes del Hollywood clásico: Applause y The Woman of the Year .

Pero cuando la vida de Lauren Bacall parecía que ya solo quedaba para cosechar premios honoríficos, pidió una nueva prórroga y, con un coqueto papel de anciana en Mirror Has to Faces, de Barbra Streisand, fue nominada por primera vez al Óscar en 1997. Todo el mundo daba por hecho que se llevaría la estatuilla, incluida Juliette Binoche, la que finalmente ganó. Y, si bien Bacall dio la peor interpretación de su carrera al intentar disimular la decepción de su derrota (su hijo, directamente, abandonó la sala), su carrera se revitalizó. «¿Qué significa eso de mi edad? ¿Qué edad? Trabajar no es cuestión de edad. Seguir trabajando significa seguir con vida», le respondió a un periodista en Berlín al presentar The Walker , una interesante intriga de Paul Schrader en la que seguía mostrando su atractivo octogenario.

Sus últimas intervenciones fueron muy escogidas pero exquisitas, con nombres tan poco clásicos como Lars Von Trier. Y cuando en 2009 Hollywood le dio por fin el Óscar honorífico, solo dijo. «Por fin, ¡un hombre!».

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