Diario de León

CULTURA

Cuando León era una ciudad de chalés

En apenas dos décadas, entre los años cincuenta y setenta, la especulación barrió de León espléndidas villas y chalés que ya sólo se conservan en viejas fotografías.

Panorámica de León en 1955, del libro ‘Un viejo León muy prestoso’, de Gregorio Castañón, donde se mantienen en pie todavía algunos chalés. ARCHIVO GREGORIO CASTAÑÓN

Panorámica de León en 1955, del libro ‘Un viejo León muy prestoso’, de Gregorio Castañón, donde se mantienen en pie todavía algunos chalés. ARCHIVO GREGORIO CASTAÑÓN

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verónica viñas | león

Fueron decapitados uno a uno. Los chalés de la próspera burguesía leonesa de principios del siglo XX, condenados en pro de la modernidad, acabaron siendo ejecutados por los ‘verdugos’ de la especulación. La principales calles de la capital leonesa contaban con monumentales hotelitos que alojaron a las familias más acomodadas. La demolición comenzó en los cincuenta y duró hasta los setenta, cuando aún se autorizaron los últimos derribos.

En los tiempos en los que León era una ciudad de chalés, estas espléndidas edificaciones tenían nombre y apellidos. Una de las villas más espléndidas era la de Francisco Sanz, en mitad de Ordoño II, que tuvo una vida efímera. La enorme mansión, rodeada por una espléndida verja, fue construida en 1894 y derribaba en 1946 para erigir en su lugar el edificio del Banco de España. El 5 de junio de 1950 abría sus puertas al público el insigne «palacete», cuya construcción, a cargo de la empresa Construcciones San Martín SL de Pamplona, costó 7.150.000 pesetas.

Frente a la Facultad de Veterinaria, en el edificio que hoy es El Albéitar, se alzaba el chalet de Gavioli, propietario de Española de Talcos, que fue demolido para levantar en este esquinazo un inmueble con poca gracia arquitectónica.

Los chalés de la Condesa y la avenida de la Facultad fueron cayendo década a década, víctimas de la piqueta, para ser suplantados, en la mayoría de los casos, por moles que no pasarán a la historia de la arquitectura. Padre Isla, donde quedan dos supervivientes —el chalé de los Fierro, hoy sede de la Cámara de Comercio, y el Centro Social, frente a la iglesia de Renueva—, fue en la primera mitad del siglo XX una de las calles con mayor número de villas, algunas tan espléndidas como la vivienda de Gregorio Fernández, en la esquina de la calle La Torre, demolida para levantar la sede de Telefónica.

En la calle Alcázar de Toledo estaba el fastuoso chalé del doctor Solís, con un espléndido torreón, y en cuyos bajos hubo durante años una farmacia. Entre los más espectaculares, hay que citar el sanatorio del doctor Néstor Alonso, en el número 32 de la Condesa de Sagasta, derribado en 1971. Un chalé diseñado por el arquitecto Isidoro Sainz-Ezquerra en 1926 como residencia privada y reconvertido décadas después en sanatorio.

Como recoge Gregorio Castañón en su libro León, entre recuerdos y añoranzas, en la ciudad «se puso de moda convertir determinados edificios singulares en sanatorios». Así, por ejemplo, cita el caso del chalet del oculista Pedro Mata en la plaza de las Cortes Leonesas; el del doctor José Eguiagaray Pallarés, también en la Condesa; y el del doctor Ucieda, en la calle Ramiro Valbuena. El edificio del Ayuntamiento de León, que anteriormente fue sede de Caja-España, hubo un imponente palacete con un no menos colosal tilo. En plenas fiestas de San Juan de 1972 el enorme árbol fue arrancado y paseado con su muñón de tierra a lomos de una grúa que desfiló por Ordoño II en una inolvidable ceremonia ‘fúnebre’. El tilo fue trasplantando a la plaza de San Marcelo. El chalé no corrió la misma suerte. Fue derribado sin contemplaciones para erigir la sede de la entonces próspera Caja de Ahorros de León.

En la Gran Vía de San Marcos, que durante el franquismo se denominó avenida del general Sanjurjo, se alzaba el edificio de ladrillo de Hierros Zarauza, al que luego se añadió un chalé, en la esquina de Fajeros.

En 1993 el Ayuntamiento elaboraba una lista preliminar de edificios a conservar, en la que incluía 120 inmuebles, aparte de aquellos que ya estaban protegidos por su carácter monumental. Muchos perecieron mucho antes.

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