OBITUARIO
Adiós al maestro indignado
Muere a los 91 años, Rafael Sánchez Ferlosio, el autor de ‘El Jarama’ que dejó la literatura y se convirtió en un incisivo ensayista Le desesperaba la actualidad.

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio en una de sus últimas apariciones públicas. FERNANDO ALVARADO
Si alguien se merecía la catalogación de monumento literario viviente ese era Rafael Sánchez Ferlosio. Cumplía varios requisitos para merecer semejante título, como haber escrito una novela inolvidable para sus lectores, El Jarama —que él aborrecía— haber influido en varias generaciones de escritores, incluidos los ensayistas, ser el maestro más fino en el empleo del español y haber tenido una vida rica en acontecimientos, como el Premio Cervantes de 2004.
Hijo de Rafael Sánchez Mazas, destacado miembro del establishment franquista, exmarido de Carmen Martín Gaite y hermano del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio, mito del antifranquismo, murió ayer en Madrid a los 91 años. Había nacido en Roma en 1927, cuando su padre ejercía como corresponsal de ABC en la Italia de Mussolini. Estudió en el internado jesuita de Villafranca de los Barros, en Badajoz, y empezó Arquitectura aunque terminó cursando Filología Semítica, disciplina en la que se doctoró. Mientras estudiaba en la Complutense de Madrid conoció a Martín Gaite, la autora de Entre visillos y filóloga como él, con la que se casó en 1950. Tuvieron dos hijos, Miguel, que murió de meningitis a los dos años; y Marta, traductora al español de Rudyard Kipling, que falleció en 1985 a los 29 años a causa del sida. Posteriormente, el autor contrajo matrimonio con Demetria Chamorro Corbacho, con la que tuvo otra hija.
Su maduración intelectual ocurrió en esa década, la de los cincuenta. Alternaba el círculo literario de Ignacio y Josefina Aldecoa, Jesús Fernández Santos y la propia Martín Gaite con el grupo de filósofos y lingüistas formado por Agustín García Calvo, Carlos Piera y Víctor Sánchez Zavala. Su vida intelectual transcurrió por la dos vertientes, por la literaria y por la más reflexiva y ensayística, y además por orden cronológico. En 1951 publicó Alfanhuí, novela picaresca en la que el chico que da título al libro viaja de Guadalajara a Palencia para ir a casa de su abuela. De esta obra con maestros taxidermistas y un gigante en un bosque rojo, próxima al realismo mágico, sí sentía orgulloso, al contrario de la que le abrió un hueco en la historia de la literatura española, El Jarama. Nítido ejemplo de novelista existencialista, con ella ganó el Nadal en 1955. Años más tarde, su autor pensaba que era «un tostón».
Tenía 27 años cuando ganó el premio y, con él, la fama internacional. Críticos de El Jarama ha habido muchos, la mayoría con una sola idea. Insisten en que en la novela no pasa nada. Lo cierto es que reflejaba con precisión los deseos y las frustraciones de la juventud de aquella época y que en la fecha de su publicación conectaba con las corrientes literarias que veían la vida como un insoportable absurdo.
Típico de su carácter, Sánchez Ferlosio se metió en sí mismo y le costó salir. Se había cansado pronto de la literatura y todo el mundo le hablaba de ella. Su mujer lo insinuó en algunas entrevistas después de su separación. Le dejó a ella con su hija y él se desentendió de las cuestiones mundanas y domésticas. Cuando murió Marta como consecuencia de su adicción a la heroína, vistió corbata negra durante muchos años.
Adorado por la izquierda
Salvo la publicación de algunos relatos, habría que esperar hasta El testimonio de Yarfoz, de 1986, para poder leer su siguiente obra literaria. En el otro sentido, los ensayos iban creciendo. Y no sólo aquellos que tenían que ver con la literatura, como Las semanas en el jardín (1974), sino los que tocaban cualquier cosa. Desde los espectáculos deportivos y la misma práctica del deporte, que para el autor fomentaba una competitividad absurda, hasta los significados del dinero, todo fue pasando por la pluma de Sánchez Ferlosio. Lo prueban los cuatro gruesos volúmenes que recogen sus variadas aportaciones a la que denominó ‘polemología’.
La izquierda intelectual de las generaciones siguientes adoraron al autor, a pesar de que sus opiniones sobre, por ejemplo, el matrimonio gay no estaban dentro de la ortodoxia. Le parecía estupenda la convivencia conyugal entre personas del mismo sexo, pero que les echasen arroz después de haber pasado por el juzgado le horrorizaba. No había tema que se le resistiera. De Cataluña a la corrupción y las derivas del capitalismo, de lo que él percibía como un bajón en el nivel educativo hasta su simpatía por la comunista y luego socialista Rosa Aguilar y por el conservador José Manuel García-Margallo: sólo había que preguntarle y él era rápido disparando. «Leo los periódicos y me desespera lo que pasa», soltaba en una entrevista a este diario 2013.
Antes ya había confesado que llevaba más de una década indignado. A decir por su constancia, podía deducirse que estar cabreado le hacía sentirse vivo. Contaba cómo José Antonio Primo de Rivera jugaba con él de niño y nunca ocultó su consumo de anfetaminas. Su padre ya fue un brioso escritor, un prosista impecable, y él heredó el talento y subió el arte familiar un peldaño más.