Diario de León

OPINIÓN Miguel Ángel Nepomuceno

Aplaudir o no aplaudir

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León

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La orquesta concluye el primer movimiento en fortísimo y antes de que se haya extinguido la última nota, varias personas comienzan a aplaudir desaforadamente hasta que se dan cuenta que únicamente ellos baten palmas mientras las miradas y los sssschss de los entendidos les hace saber que están haciendo el ridículo. El director impasible aguarda a que termine esa efusión incontrolada y ataca el siguiente movimiento porque la obra no ha hecho más que comenzar. Este hecho que se repite tan a menudo y va en proporción directa con el número de personas que se acercan a una sala de conciertos por primera vez o asisten por compromiso social, viene motivado generalmente por tres cosas que en condiciones normales tendrían fácil solución. La primera el desconocimiento por parte de un sector del público de lo que está oyendo, que no le interesa lo más mínimo porque no va a oír ni a ver sino a que le oigan y le vean además de a certificarse mutuamente su condición de triunfadores que pueden permitirse actos de cuatrocientos o quinientos euros-con compañía y cena- y acuden por compromiso o para codearse con los «importantes» en ese acontecimiento irrepetible para su currículo social pero que en realidad les interesa la música y todo lo que la rodea lo que a un simio internet. La segunda, la del aficionado incipiente, que bien por intentar «epatar», o sencillamente porque carece de información previa que se lo indique, no sabe cuándo ni dónde aplaudir ya que los programas de mano van más destinados a la autocomplacencia de quienes los hacen y a relatar la singladura vital de cada uno de los intérpretes antes que a estudiar la obra y sus pormenores. Y la tercera sencillamente porque no se cuenta ni se tiene sentido del ridículo. Así de sencillo. Si nos tomáramos la molestia ya no de leer, que sería excesivo, sino de contar los tiempos de cada concierto, que por lo general son tres y el de las sinfonías que por lo mismo suele ser cuatro o en su defecto añadiéramos un poco de picardía y esperáramos a que «los entendidos» nos indicasen con sus aplausos cuándo debemos hacerlo, la mayoría de las veces nos evitaríamos el bochorno del pasado día 3 en el Auditorio que se aplaudió la Novena de Beethoven más que a la Macarena en Sevilla, por aquello de que más vale aplauso encendido que mirada de pánfilo despistado, no quedando movimiento ni silencio que no se agradeciese con vivas muestras de fervor melómano para desesperación de músicos y bizquera de expertos. Entonces ¿cuándo debemos aplaudir? y en el caso de la ópera o los recitales ¿cuándo y dónde debemos de introducir nuestras efusiones contenidas? En el caso de la ópera que es un mundo de entendidos, para no pasar apuros lo mejor es mirar lo que hace la gente y tomar nota. Y si nos disgusta lo que vemos u oímos, podemos patalear, silbar... no hay problema, pero intentemos ser moderados y respetuosos con los artistas y con el resto del público porque, aunque no lo creamos, hay quienes asisten a las funciones porque tienen ganas de ver y de oír, de participar de ese mundo mágico de sonidos que aúna música y teatro y que ha hecho sacrificios sobrehumanos para poder pagarse esa entrada tan cara para que alguien venga luego y se lo destroce con sus estúpidos aplausos de entendido.

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