EL INVENTO DEL MALIGNO
Ex tomate
HA PASADO una semana desde que Aquí hay tomate desapareciera de la pantalla. No ha pasado nada. Telecinco ha seguido ganando dinero a espuertas. Las hipotecas no han bajado. Los norteamericanos siguen reduciendo sus tipos de interés. El cambio climático no ha experimentado modificaciones significativas. A Zapatero le siguen cortando mal las chaquetas. El apocalíptico panorama que los tomateros nos dibujaron en su despedida no ha hecho ni amago de aparecer. Para entretener la nostalgia, he estado revisando los vídeos de la despedida del Tomate y sobre todo, de la «espontánea» manifestación de condolencia que un reducido grupo de ciudadanos protagonizó en la puerta de Telecinco el mismo viernes de autos. Si alguien dudaba de la conveniencia de suprimir el programa de Jorge Javier Vázquez, el vídeo de esa concentración despeja cualquier reparo. ¿Quién estaba allí? Un grupo de señoras mayores visiblemente desocupadas. Un par de jóvenes varones cuyo nivel de expresión oral no pasaba del borborigmo. Una doncella de profesión estudiante, según sus propias palabras. Un gay de cuota. Un friki disfrazado a mitad de camino entre orco de Tolkien y María Isabel, «antes muerta que sencilla». La exigua multitud clamaba por el retorno del programa, denunciaba oscuras conspiraciones y sostenía que la culpa la tiene Aznar. Me parece que pocas imágenes hay más gráficas para expresar cual es la España de Aquí hay tomate , el tipo de público que nace de este programa y de otros muchos que son como él, pero con menos éxito. La tópica España profunda negra y zafia, analfabeta y brutal, no ha muerto; se ha transformado. Ahora ya no hay que buscarla en los rincones más olvidados del mundo rural, sino que crece al calor del opio televisivo, de la banalidad travestida de acontecimiento, del escándalo de entrepierna elevado a la condición de argumento de interés general. Mucha gente veía el Tomate simplemente para divertirse. Una buena porción, a juzgar por ese vídeo del otro viernes, lo veía porque estaba realmente convencida de que el mundo exterior, lo que pasa ahí fuera, es esa sucesión de medias verdades, medias mentiras y atrocidades completas que estructuraba Aquí hay tomate . Causa vértigo pensar que junto a nosotros vive gente capaz de orientar su vida por las cosas que le cuentan en un programa así. Jorge Javier Vázquez, más que andar presumiendo de mártir de la libertad de expresión (hace falta valor), debería pedir perdón al público por «haberlo mistificado», o sea, por haberle tomado el pelo, como dicen que hizo aquel abate francés convertido a las ideas ilustradas. El Tomate , efectivamente, era el opio del pueblo. Pero la lucha contra el narcotráfico no ha terminado.