Deseos
ANTENA 3 ESTRENÓ la otra noche Tres deseos , uno de esos espectáculos de larga duración concebidos para ser emitidos en dosis distanciadas, al estilo de Esta casa era una ruina . El patrón de Tres deseos es muy elemental, un clásico televisivo: tres personas del común tienen un deseo que no pueden realizar y ahí aparece la televisión, salvífica, para llevar la felicidad a los hogares de España. Desde el veterano Reina por un día -por no hablar de sus precedentes norteamericanos-, la redención televisiva es un tópico permanente de la pequeña pantalla. A partir de ese patrón, Tres deseos despliega una sucesión de relatos donde no falta de nada: exposiciones ternuristas del ciudadano menesteroso, consideraciones entre dramáticas y sociológicas sobre la necesidad humana, mucho lloro, mucha risa puro sentimiento, en fin. No es un relato mal llevado. Eso sí, lo que caracteriza a Tres deseos es un rasgo que hasta ahora no era muy frecuente: el hiperprotagonismo de los presentadores. Se hace muy, pero que muy raro ver a los presentadores del programa convertidos a su vez en protagonistas del relato y entrevistados por el propio programa como si se tratara de gente ajena a la elaboración del producto. Esto recuerda un poco a esos futbolistas que hablan de sí mismos en tercera persona, como Maradona cuando dice eso de «Maradona piensa de que». La cámara se acerca a Jaime Cantizano y a la hermosísima Eva González y les interroga acerca de cuáles eran sus sentimientos mientras satisfacían los deseos del personal. Como son gente guapa y desenvuelta, la entrevista queda bien. Pero la telegenia no logra que el espectador deje de hacerse una pregunta incómoda: ¿Cómo pueden hablar de sus sentimientos dos personas que han estado en la preparación del programa, en la búsqueda de gente, en la elaboración de la sorpresa? ¿No hay una contradicción insalvable entre la supuesta espontaneidad de esos sentimientos y la necesaria artificialidad de la jugada? Sí, la hay, pero eso da igual: la teórica de Tres deseos reposa sobre la convicción de que la intimidad del famoso mueve más audiencia que la del ciudadano anónimo, y de ahí que el presentador, famoso por definición, pase al primer plano del relato. Este recurso marca una diferencia aún mayor entre el comunicador y el periodista. El comunicador, el showman (o la show-woman ), que es el rostro del programa, aparece sin embargo entrevistado por los reporteros del propio programa. La división del trabajo se acentúa o, para ser más precisos, lo que se acentúa es la subordinación del periodista al showman , cuyo protagonismo se eleva hasta la estratosfera. Ojo, porque estamos asistiendo a una nueva fase en la manera de hacer televisión.