Diario de León

Reportaje | m. linares-rivas

Elogio de la constancia

Artistas, galeristas, escritores y críticos ensalzan la aportación de Miguel Ángel Febrero al arte contemporáneo y su férrea voluntad en momentos difíciles

Una de las coloristas obras de Miguel Ángel Febrero.

Una de las coloristas obras de Miguel Ángel Febrero.

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Durante estos días hemos podido ver en la Casa de Cultura del barrio de Pinilla la exposición de pintura con la que el Ayuntamiento de San Andrés ha rendido homenaje al gran artista leonés Miguel Ángel Febrero, vecino, además, del municipio. Durante la ianuguración, Febrero estuvo acompañado por su madre política y por sus hijas, Arancha, Patricia y Laura, además de por una representación de residentes en el Centro de Referencia Estatal para la Atención a Personas con Grave Discapacidad de San Andrés, en el que el artista vive.

Entre los muchos amigos y personas que quisieron estar con el pintor contamos al director del Instituto Leonés de Cultura, Jesús Celis, y su esposa; a los pintores Petra Hernández, Mercedes Coarasa, Modesto Llamas, Toñi Santos, Elena Villa, Pilar Fornés, Piedad Martínez, Olga Llamas, Paco Redondo, Juan Villoria, László Bartha, Gonzalo Prieto, Ernesto Fernández y Ángel Fernández; a los poetas Luis Artigue y José Antonio García, a la especialista en arte Marisa Fernández, y a Pablo Martínez, uno de los impulsores de la página web artistas leoneses .

La trayectoria de Febrero arranca en Madrid (1965-71), donde alternaba las clases de sus estudios de Bellas Artes con las que recibía en el taller de Espinós y en el del escultor Víctor de los Ríos. Y aún sacaba tiempo para ir a copiar al Museo del Prado. Copiando La Ronda de Rembrandt conoció a la que luego sería su mujer, Angelines.

De nuevo en León, cuando los negocios y asuntos familiares se lo permitían, recorría espacios rurales y urbanos y los llevaba a sus lienzos. Más tarde enseñaría pintura en las escuelas municipales de Navatejera y Villaquilambre. En el 2002 puso en marcha el Centro Leonés de Arte en la calle San Lorenzo, ahora tutelado por el pintor rumano-húngaro László Bartha.

A finales de los 80 Febrero se aproximó al expresionismo figurativo, más concretamente al expresionismo alemán. Luego se centraría en el simbolismo, el futurismo y el dadaísmo, que dejarían en él una impronta sensible. Amigo de la poesía, cuando leyó a Mallarmé, Febrero concluyó que si el simbolista francés revelaba su arte a través de la devoción por la palabra, él revelaría la pintura desde un diálogo íntimo y profundo con el color. Y sus paisajes realistas se metamorfosearon en emergentes figuraciones de color. Hizo del color un todo absoluto. Pretexto supremo y permanente de sus creaciones. Color excitante y gesto templado. Y se fue descolgando de la simbología academicista. Inició su tránsito hacia la luz, plena, sin sombras. Y abrió océanos de color, habitados de aliteraciones pictóricas con categoría identitaria. Fue la catarsis suprema entre el artista y el color. La consagración de las estructuras y de las esencias definitorias del color como núcleo del mensaje de su creador.

Premios y distinciones. En 1970 Febrero colgaba su primera exposición individual en el chalé de la Caja de Ahorros en Ordoño II. Después, vendrían muchas más, de Oviedo a Amsterdam, de Madrid a París, y numerosos premios, entre ellos el de Pintura Caja España (1990), el de la Asociación de la Prensa Árabe en Francia (1998) o el de la Caja Vital Kutxa de Vitoria (2002).

En agosto del año 2002, a Febrero le sobrevino un infarto cerebral que le dejó en silla de ruedas y con las capacidades motoras y de comunicación bastante mermadas. Pero no quiso renunciar a la pintura. Aprendió a pintar en su nueva circunstancia. Y en ello sigue.

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