"He pasado hambre real"
ENTREVISTA | VICTORIANO CRÉMER
—¿No le gustaría corregir o reescribir alguno de sus poemarios?
—No corrijo nunca nada. Así se me van errores tremendos. Lo que vale no es el producto después de corregirlo, sino con la espontaneidad relativa del acto creador. Salinas decía que escribía los poemas de amor y después los metía en un cajón durante años, acordándose de lo que había escrito, pero no tuvo la tentación de cambiarlo. Lorca era el que más corregía. El resultado no era mejor, sino quizá otro tono.
—¿No le gusta contar batallas?
—No. Fui a la guerra y vi escenas que guardo para mí. Quiero que mis nietos olviden que la gente se mata.
—¿Por qué le gusta definirse como el menos académico de los poetas?
—El academicismo lo dan los estudios. Es poco probable que un señor que no ha pasado por la Universidad llegue a ser académico. A la RAE se llega por muy distintos caminos y uno infalible suele ser la amistad. Cela, por ejemplo, contribuyó a que muchos de sus amigos fueran académicos. Por eso abundan en la Academia tantos hombres dados a la pompa y tan pocos buenos escritores. Umbral nunca llegará a ser académico. Cebrián, que es un hombre de Polanco y ha escrito una mala novela, entró. Yo he ido siempre por libre y no me ha gustado formar parte de ningún grupo. El que no forma parte de una capilla está perdido. En esto, como en la mayor parte de las cosas de la vida, funciona el padrino.
—Le gusta decir que escribe más que «El Tostado» (Alonso de Madrigal)...
—No hago más que escribir, porque tengo muchos compromisos. La gente me pide cosas rarísimas, hasta un verso para una comunión. Me dicen: si a usted no le cuesta nada... Dejé de escribir de pintura porque me mandaban invitaciones de todas las exposiciones y para ser jurado. No paraba.
—El Papa ha suprimido el limbo...
—¡Con el juego que daba! La Iglesia, que es muy lista, se había inventado un lugar para los niños que morían en estado de gracia. ¿Qué hacen con esos niños ahora? ¿Se los comen?
—¿Por qué dejó la radio?
—Estuve 20 años, creo que con éxito. Despidieron a casi todos. Le dije al dueño que debía dirigir yo; y él, que esa no era su idea. Le contesté: quédese con la radio; y me fui. Siempre hago así con todo. Pasó igual con los de la Cámara de Comercio, les dije: en mis hambres mando yo.
—¿Qué fue de su tía Federica?
—Aquel invento radiofónico dio resultado. Esa tía del pueblo, a la que yo ponía voz, decía verdades como templos, en aquella época de censura bruta.
—¿Siente que escribe siempre el mismo libro?
—Todos escribimos siempre el mismo libro. Cambiaremos el tema o lo desarrollaremos de distinta forma, pero siempre detrás de todo lo que haces estás tú siempre. Cuando salió El palomar del sordo dije que era lo último que escribía. No es verdad. Escribiré hasta el fin de mis días. Me cogerán con la pluma puesta.
—Como la zorra, que borra sus huellas con el rabo, ¿le divierte ocultar su vida?
—El hombre es lo que hace. He vivido como un hombre que no era. Fui dos veces a la mili, me casé, serví a todos los reyes desde Viriato... Y resulta que cuando necesité un papel y me dirigí al juzgado de Burgos por la partida de nacimiento no figuraba. Me dijeron que sólo había un tal Victoriano Cuende; y he vivido con ese apellido toda la vida. Hasta que un juez, al cabo de los años, hizo un expediente para rectifi carlo. Me casé como Crémer, aunque legalmente era Cuende. He vivido de trampa. Cuando me metían en la cárcel por denuncia de un vecino, ¿a quién cogían, a Crémer o a Cuende? Por eso dejé de creer en la verdad oficial y en la justicia.
—Ha cultivado todos los géneros y por ello mismo ha dicho que «hombre de muchos oficios, siempre es mísero seguro». ¿Por qué es tan duro consigo mismo?
—He pasado hambre real. Salía de casa en busca de un duro, que era ir en busca de una fortuna. Hacía de todo, desde vendedor ambulante a ayudante en una agencia inmobiliaria. También he sido mancebo de botica y tipógrafo. Los hijos de los pobres como no fueran listos, se morían de hambre. Yo era listo y tenía muchas necesidades. Habría sido un fenomenal farmacéutico, porque me gustaba hacer recetas...
—¿Cómo se toma la vida?
—Soy un hombre trágico. En la escuela siempre hacía el papel más dramático. Cuando empecé a escribir, con vocación tardía, lo hacía de forma muy apasionada. Me ponían unas multas tremendas que no podía pagar o me seguían los pasos. Me dije: voy a decir lo mismo, pero en tono paródico. No hay sarcasmo, sino afán de buscar el forro de las cosas. Así conseguí que dijeran: tiene mala leche, pero tiene gracia.
—¿A quién le diría cuatro cosas?
—Si tuviera confianza en Dios le preguntaría por qué ha hecho así este mundo y al hombre como es, tan perverso, cobarde y contradictorio. Pero, ¿a quién se le puede decir eso? A un político, no. Un político no puede ser consecuente.
—¿Está en guerra consigo mismo y en paz con los demás?
—Estoy en guerra conmigo, porque no tengo interlocutor. No tengo mujer ni hermanos. Mi mujer era mi confidente. Era una bella analfabeta. Pero todo se lo leía primero a ella. Y no fallaba. El instinto peculiar de la mujer es más sensible. Si aceptaba algo que le leía, podía tener la seguridad absoluta de que acertaba en el juicio. No puedes confiar en tí mismo, porque te puede perder la vanidad.
—¿Cómo se lleva con los escritores de León?
—Bien. No tengo enemigos, porque los enemigos los hago yo. Admiro a todos, porque hacen lo que saben y pueden. León tiene una nómina de escritores en prosa y en verso muy importante. Salvo dos o tres que nos hemos quedado aquí, los demás están fuera. León es el pueblo más apático para las cosas artísticas. Nadie se conmueve por nada.
—¿Qué es lo mejor y lo peor que han dicho de su obra?
—Si he hecho algo mal es porque no supe hacerlo de otra manera. Los que escribimos en un periódico tenemos la responsabilidad de mantener la integridad, la liberad personal y procurar no ofender. He tratado de salvar el honor de las personas; con las instituciones, en cambio, siempre me meto.
—¿Cómo es capaz de encontrar tema todos los días para su columna?
—Cuando sales a la calle, los asuntos —que decía Miguel Hernández— te asaltan a tí. Y los usos con mayor o menor habilidad y destreza, según la ética propia y el especial manejo que tengas de matar pulgas. Lo nuestro es —como decía Unamuno del matrimonio— una santa costumbre. El arte de escribir o el oficio de escribir es una santa costumbre.
—¿No ha sentido el aburrimiento de escribir?
—En un señor de 100 años el aburrimiento es muy doloroso. Lo he pasado mal, mi biografía ha sido muy accidentada, he pasado por todos los trances de la vida, pero la soledad radical es terrible. La única forma de rellenarla es escribir y leer. El comentario del periódico es como el comer, siento la necesidad de escribirlo. Luego, me permito el lujo de escribir otras cosas o leer. Se aburren sólo los que no piensan más que en vivir de manera mostrenca. A la desesperación se entrega todo hombre que se queda solo.