Diario de León
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Ante Lahm y Lehman, minuto 33 de la primera parte, llegó el gol de Torres. Ese 29 de junio de 2008, el fútbol español empezó a emitir señales en color, después de años de gris en blanco y negro, siempre certificados por una norma no escrita que imponía volver a casa en cuartos de final

El vals de Torres. Cuando Xavi lanzó aquel balón en profundidad a Torres en el minuto 32 de la primera parte de la final de la Eurocopa, eran las nueve y cuarto de la noche del 29 de junio de 2008. Ese día, las televisiones españolas dejaron de transmitir fútbol en blanco y negro para inaugurar la era del color. Porque, en fútbol, sin victorias no hay paraíso. Fue esa media hora necesaria para ajustarse un traje nuevo, el de finalistas de un gran torneo después de haber sido, una sí y otra también, subcampeones de cuartos de final de cualquier torneo y frente a cualquier rival.

El recorrido de la selección había sido tan esperanzador como errático, contradictorio en sí mismo, con Luis Aragonés cuestionado y con un reparto de jugadores que anunciaban una gran película en la que casi nadie creía. Es más, haber pasado de cuartos sabía a poco, pero hubiera sido considerado un buen resultado. Aunque, precisamente, el que capitalizaba el debate, el más criticado, el propio Aragonés, era el que en su interior apostaba con más fuerza por hacer historia. Él sirvió su venganza en el plato hirviendo de aquella reciente final frente Alemania en el Ernst Happel de Viena, ante 50.000 espectadores.

El último gran acontecimiento del fútbol internacional tuvo, pues, a la camiseta de la Selección Española, llamada a partir de entonces La Roja (otro invento de Luis), como punta del iceberg de un deporte que arrastra pasión popular y mediática como pocos.

Todo hubiera quedado reducido a un campeón más, si no fuera porque España aportó un valor añadido a su victoria. Un modelo de juego. Todo el grupo de jugadores apostó por tratar bien al balón. En torno a una generación de centrocampistas que dispersados en el tiempo hubieran dado para décadas de buen fútbol. Pero ahí están ahora, juntos, en Sudáfrica, al acecho, para convertir el campo en ovillos de geometría en dirección al gol. Incluso, como ha ocurrido, con la necesidad de dejar en tierra a Senna o Cazorla, porque no caben más, y porque llegan otros con tanto talento que se hacen imprescindibles. Y con otra característica más: no hay (perdón), ahí va el palabro-¦ arronaldamientos -¦ Defecto que, paradójicamente, solo cabe perdonar al propio Christiano.

Pero aquel minuto 32 llegó para hacer historia y para cerrar la puerta al malditismo, un territorio que creaba tanta ansiedad como adicción. Y, por otra parte, un terreno en el que tan solo hay un gran master en eso de vivir al borde de un ataque de nervios: el Atlético de Madrid, equipo capaz de aspirar al descenso a mitad de temporada, y llegar a mayo con dos finalísimas de primera en el bolsillo, y ganar una.

Un gol para la historia. Senna se la dio a Ramos, que se la pasó a Pujol, quien, a su vez, se la entregó a Marchena. El balón le llegó a Xavi, miró a su derecha, hacia adelante, y encontró a Silva. La pelota volvió a Xavi, para pasar por los pies de Marchena, Capdevila y, de nuevo, Senna. Había algunos alemanes por allí. Entonces Xavi ya estaba entre líneas en ese lugar decisivo de los pases de gol solo reservados a los genios. Xavi recogió un balón profundo al que dio una continuidad magistral con un toque marca de la casa y la pausa dio paso al vértigo. Era un balón para tres: para Fernando Torres o Lahm, defensa alemán, o para el portero germano, Lehman, que salió a por todas. Pero El Niño llegó primero. Tras una majestuosa carrera, levantó el balón por encima del meta y el esférico rodó en dirección a gol adquiriendo el sublime protagonismo de esas imágenes para la historia. España marcaba el último gol del torneo y, por supuesto, se proclamaba campeona de Europa.

El Niño Torres fue designado mejor jugador de la final, Xavi, del torneo, y Villa se convirtió en el máximo goleador de la Eurocopa de 2008. Fue ese 29 de junio de 2008, en el que el fútbol español redescubrió que en los torneos internacionales había vida más allá de cuartos de final. Era domingo.

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