El subcampeonato mundial logrado por la selección española sub'17 actualiza el debate sobre el pobre papel histórico del conjunto nacional absoluto, asido a un único título europeo conquistado hace 43 años e incapaz de canalizar los éxitos de sus categorías inferiores. No hay un equipo en Europa que reúna tantos trofeos de futbolistas en formación en los últimos cuatro lustros. Desde 1986, España ha ganado dieciocho títulos: seis Europeos sub'16, uno sub'17, uno sub'18, seis sub'19 y dos sub'21, 1 Campeonato del Mundo sub'20 y una medalla de plata olímpica de categoría sub'23, al que acudió con un equipo sub'21. Todo ese caudal, las enormes expectativas que despertaron al menos tres generaciones de jugadores se diluyeron en una dinámica perdedora, sometidas al
, cuando no antes, en los torneos importantes. La paradoja se ha justificado, a menudo, por el excesivo protagonismo que se otorga a los jugadores extranjeros en los clubes, que relegan a los jóvenes al banquillo o a papeles secundarios. Sin embargo, la selección española que ayer sólo pudo empatar a un gol contra Islandia, y a última hora, estaba mayoritariamente compuesta por aquellos que, en los últimos años, dominaron el fútbol juvenil en el continente. Ocho de los catorce jugadores que utilizó Luis Aragonés en Reikiavik llegaron a la selección absoluta avalados por una trayectoria juvenil repleta de éxitos. Iker Casilllas, Carlos Marchena, Xavi Hernández, David Albelda, Andrés Iniesta, David Silva, Fernando Torres, Sergio Ramos, Miguel Ángel Angulo, Joan Capdevila y Cesc Fábregas. Todos llegaron a la selección absoluta, pero no han cambiado el curso de la historia.