«La presión sobre Europa será terrible. China, para colocar su producción, y EE UU, para que no se la ayude
La guerra comercial es la punta del iceberg de un choque mucho más profundo
China dice que no le hará daño porque buscará destinos alternativos y reducirá márgenes

Imagen de contenedores hacia Estados Unidos.
Sobre el papel, Donald Trump vio clara su victoria en una guerra comercial con China. Echó un vistazo a las estadísticas comerciales entre las dos mayores potencias económicas y la ecuación parecía sencilla: por cada tres dólares de productos que EE UU adquiere en el gigante asiático le vende solo un dólar. Con un déficit comercial de casi 300.000 millones, el magnate sintió que tenía un as en la manga y avanzó durante su campaña electoral que impondría a China un arancel del 60% con un objetivo doble: equilibrar la balanza comercial y lograr el retorno de la producción que se ha deslocalizado a Oriente. Trump estaba convencido de que la mera amenaza bastaría para obligar al Partido Comunista a sentarse a negociar.
Así, la pregunta no es quién va a ganar esta guerra comercial sino quién va a perder menos. Trump quiere jugar al sprint, pero Xi Jinping prefiere la maratón. «China juega a largo plazo, con temple y cálculo estratégico. Trump, en cambio, va de farol en una partida de póker cortoplacista que no puede sostener, limitado por una interdependencia económica global que frena sus órdagos unilaterales.
La moratoria arancelaria de 90 días lo dice todo: su agresividad es más show que sustancia», comenta Julio Ceballos, consultor de negocio en China y autor de El calibrador de estrellas. «Mientras EE UU improvisa y reacciona con bandazos, Pekín responde con firmeza, con una hoja de ruta clara, coherente y global: diversificar mercados, reforzar el consumo interno y proyectarse como socio fiable en medio del caos que emana de la Casa Blanca», apostilla.
Ahora la batalla está centrada en los aranceles, pero en el arsenal chino hay muchas más armas: desde el acceso a las tierras raras que controla en más del 90%, y que Trump quiere lograr de Ucrania, hasta el fentanilo que hace estragos entre la población estadounidense, y cuyos precursores químicos Pekín podría dejar de controlar, algo a lo que había accedido, precisamente, para evitar los gravámenes. «China tiene cartas fuertes: controla las tierras raras, domina nodos críticos de las cadenas de suministro y posee buena parte de la deuda estadounidense. Puede mantener el pulso», apunta Ceballos. «Si esta guerra no se desactiva pronto, todos perderemos algo, sí, pero la reconfiguración global será inevitable y acelerará el declive estadounidense ya en curso. Y en esa nueva partida, quien mejor ha leído al otro es, sin duda, China», sentencia el consultor.
El dilema de Europa «EE UU podría ser el mayor perdedor porque no solo pierde lo transaccional, pierde su liderazgo sobre el mundo. Tras el abandono en la guerra de Ucrania y en el comercio mundial, ¿qué países van a seguir su liderazgo? ¿No será China un socio más fiable?», se pregunta Galán. Es una cuestión que también se plantea en la cúpula del poder de la Unión Europea. Y es evidente que la ruptura de los lazos que tradicionalmente la han unido a EE UU puede impulsar un giro hacia China. Lo teme incluso el secretario del Tesoro de Washington, Scott Bessent, que, coincidiendo con el viaje de Pedro Sánchez a Pekín, el miércoles lanzó una velada amenaza contra esa estrategia, que equiparó con «cortarse el cuello». No obstante, la UE sí que trata de mejorar las relaciones con el gigante asiático. «EE UUestá retrocediendo en muchos de los principios que han sustentado su enfoque del comercio y la inversión globales, generando una incertidumbre económica global sin precedentes. Así, China tiene la oportunidad de establecer un entorno empresarial que proporcione la estabilidad y la fiabilidad que necesitan los inversores», afirman desde la Cámara de Comercio Europea en China. «La presión sobre Europa va a ser terrible», prevé Feijóo. «La de China para colocarnos su sobrecapacidad de producción, y la de EE UU para que no ayudemos a China. Pero es China la que más puede ayudarnos a reindustrializarnos moviendo su capital y su tecnología a Europa», analiza. Por otro lado, «el sur global también va a encontrarse con mucho producto chino, pero ya ha despertado y va a querer negociar algún tipo de transferencia de tecnología e industria», vaticina el catedrático. «Estamos viviendo la maldición de vivir tiempos interesantes», apostilla.