Clima de guerrilla urbana en Grecia
Los enfrentamientos se adueñan del centro de Atenas en la víspera de la votación del plan de rescate

Un manifestante con una máscara de gas huye del lugar donde se concentran los antidisturbios.
La de ayer fue una larga jornada de palos, pedradas y gases lacrimógenos en el centro de Atenas que seguirá el miércoles, el segundo día de las 48 horas de huelga general contra el severo plan de austeridad que el Gobierno pretende aprobar. Es imprescindible para recibir dinero de la UE y el FMI y evitar la quiebra del país, pero para los griegos es demasiado: recorta 28.000 millones en sueldos, pensiones y servicios, sube los impuestos por valor de 6.500 millones y pone en marcha la mayor privatización de empresas públicas que se recuerde en Europa, que espera recabar 50.000 millones. No obstante, si el plan no pasa, Grecia suspenderá pagos, y sería la primera vez en un país occidental en sesenta años. Los efectos en la zona euro son imprevisibles
A la espera del momento de clímax, ayer fue una interminable y agotadora jornada de tensión. Miles de manifestantes comenzaron su asedio al Parlamento y se plantaron en la plaza de Syntagma, donde acampan los 'Indignados' locales desde hace más de un mes, con el principal objetivo de seguir allí. La Policía, más de 4.000 agentes, decidió empezar pronto a calentar la calle, probablemente con la idea de cansar cuanto antes a los revoltosos y que lleguen más suaves al miércoles, el día más temido. Quizá también para convertir lo antes posible el centro en una batalla campal que desanime a la gente corriente a acudir a las concentraciones. Desde luego entre unos y otros lo consiguieron. Al final de la jornada, el balance era de 22 detenidos y 21 agentes heridos.
Horas de gases lacrimógenos hicieron el aire irrespirable en Syntagma de forma casi perenne, con unas 250 personas atendidas en urgencias por asfixia. El asfalto quedó lleno de pedruscos de mármol capaces de abrir el cráneo a un rinoceronte y el panorama era el habitual: escaparates destrozados, coches quemados, paredes arrancadas de cuajo y agresiones a periodistas. Un cámara de la CNN fue golpeado por encapuchados
A las dos se dispararon los primeros lacrimógenos. En realidad no estaba pasando nada y el ambiente en la plaza era casi festivo. Hasta el MacDonalds de Syntagma estaba abierto, pero en ese momento echó la persiana y se acabó la fiesta. Las cargas policiales y los ataques de los manifestantes a los cordones de seguridad se sucedieron durante toda la tarde con momentos de enorme violencia. «¡La plaza es nuestra! ¡No nos vamos!», gritaba el gentío. Cuanto más disparaba la Policía, más se envalentonaban y la música sonaba más fuerte. La adrenalina y la excitación se veían en los rostros embadurnados de blanco, con la pasta hecha de agua y antiácido estomacal, el Almax, para aliviar el picor de los gases. Todo el mundo estaba equipado con máscaras antigás y gafas de buceo. Voluntarios recorrían el lugar con la mano en alto, con botes de spray de regar las plantas rellenados con el mejunje blanco, para ayudar a quien lo necesitara. La consigna era resistir en la plaza, aunque fuera respirando basura durante todo el día. Muchísimos jóvenes grababan constantemente con móviles y cámaras. El ambiente era confuso, sin una estrategia ni guía clara en la movilización, y hubo incluso algunas peleas entre los propios manifestantes, en las que una persona fue apuñalada. A las seis de la tarde llegó la calma cuando empezó el concierto previsto en Syntagma y volvió el clima festivo, a la espera de posibles nuevas refriegas al anochecer
Lo cierto es que, comparada con otras ocasiones, la multitud concentrada en torno al Parlamento era claramente menor. A mediodía, cuando confluyeron en Syntagma las manifestaciones de los sindicatos ADEDY y GSEE, de los sectores público y privado, y del partido comunista PAME, había unas 15.000 personas, 20.000 como mucho, según los cálculos de los propios organizadores. Son pocas, comparadas con las 50.000 de otras huelgas, y luego se fueron reduciendo. En Syntagma había grandes espacios libres para moverse y la inmensa mayoría de los presentes eran jóvenes. No había familias ni jubilados ni amas de casa, el pueblo en sí, como en las grandes manifestaciones, pero es que los choques violentos se daban por descontados.