EUROPA TUMBA LA DOCTRINA PAROT. LA HUELLA DE ETA EN LEÓN
Justicia con dolor
Las víctimas y el entorno de leoneses muertos en atentados terroristas acatan con «impotencia» e «indignación» la excarcelación de los asesinos de sus familiares.

Victoria Blanco acude cada día al cementerio de Cerezales para visitar el nicho de su hijo, José, asesinado en 1994.
La aplicación de la ley, con todas las consecuencias, ha provocado un aluvión de reacciones. La anulación de la doctrina Parot que ya ha iniado un proceso de excarcelaciones de condenados por actos terroristas despertaba ayer palabras de «impotencia» e «indignación» entre las víctimas leonesas y su entorno más cercano.
Las conversaciones no se pueden suceder mucho en Otero de Escarpizo, en la Maragatería leonesa, porque apenas queda un matrimonio mayor, otra anciana y, en estos momentos, Benito y su mujer. Es el pueblo de Dolores González Cataraín Yoyes, terrorista arrepentida y asesinada en el año 86 por José Antonio López Ruiz Kubati , uno de los reos que se beneficiará de la anulación de la doctrina Parot por parte de Estrasburgo. «Lo vemos con inquietud e inseguridad y creemos que no es nada positivo para las víctimas», comenta Benito. Conoció a Yoyes cuando eran unos chavales. Comparte «la frustración» de las familias y las comprende perfectamente. «Los que sufren, sufren para siempre y los que salen de la cárcel ya tienen la vida resuelta», arremete. Asegura que se quedó «a cuadros» cuando conoció la decisión del tribunal a través de los medios de comunicación y añade que le parece «indignante» la situación en la que se encuentran las familias ante la excarcelación, «legal, pero injusta».
En la localidad de Gordaliza todavía se recuerdan las acciones terroristas que acabaron con la vida de dos guardias civiles a los que se homenajeó con sendas placas. Carmen García, cuañada de uno de ellos (Juan Manuel García Mencía), se encuentra «desconcertada total» por la situación que se avecina, con excarcelaciones como la que ayer protagonizó Inés del Río Prada. «Las víctimas —agregó— han sido los paganos de gobiernos incompetentes».
Otra de las familias leonesas directamente afectadas por la nueva situación penal es la del Guardia Civil Victoriano Villamor. Su hermana María Teresa, ya mayor, aún reside en la capital y no sigue la actualidad, pero aún recuerda con «mucho dolor» la muerte de su hermano, al que asesinaron poniendo una bomba en su coche y después ametrallando su cuerpo.
«Yo ésto me lo esperaba», asegura Victoria Blanco tras digerir que medio centenar de miembros de ETA quedarán libres gracias a la anulación de la doctrina Parot. Ella, que ha acudido a «todos los juicios» contra los asesinos de su hijo José Benigno Villalobos, y aguantado «faltas de respeto y que se rieran en tu cara», siente un vacío sordo ante la noticia. El etarra Ángel Irazabalbeitia, autor material de los dos disparos que acabaron con la vida de su primogénito el 28 de abril de 1994, ya no vive, pero sus ayudantes del Comando Vizcaya, Lourdes Churruca Medinabeitia y José Luis Martín Carmona, condenados a 38 y 28 años de cárcel, «estaban en realidad a punto de salir con el tercer grado, con ésto quizás se adelante. Y ¿quién pierde? Mi hijo, el otro, el otro... y sus padres. Se ha destrozado de nuevo a las familias, ¿o que creen que mi familia es la misma que cuando vivía Beni ?. Dejó viuda, un hijo de 16 y dos niñas, una de 12 y otra pequeñita de 7 años. Sus lágrimas no se me han olvidado, ni lo difícil que fue explicárselo». Victoria no ha perdonado a los culpables «ni les voy a perdonar», mantiene. Sabe que «van a salir riadas de ellos a la calle, pero iban a dejarles libres igualmente al cumplir 20 años, así que se veía venir, con tanta manifestación para que legalizaran Bildu, tanta negociación y tanto dinero que tienen. No matan, ¡menos mal, pero son los mismos!».
Hijo y hermano de guardias civiles, Beni había nacido en la localidad vizcaína de Lemóniz, aunque vivió en Valle de Trápaga desde niño. Recibió dos disparos en la cabeza frente a su casa, en la calle José Rufino Olaso, al ir a coger su vehículo a las ocho de la mañana para ir a trabajar al Centro de Control de Transportes Internacionales Aparcavisa. Tenía 39 años. Había estado destinado en Vizcaya desde que salió de la Academia del Instituto Armado en 1975 y lo enterraron en Cerezales del Condado, localidad natal de sus padres y pueblo donde veraneaba todos los años con su familia. Su madre le visita todos los días.