Diario de León
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el veredicto ricardo magaz Profesor de Fenomenología Criminal en la UNED
León

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P ido disculpas por la autocita pero me viene muy bien para mi propósito argumental. La tengo escrita a modo de sentencia introductoria en algún libro. La frase completa, con la que pretendo hacer una sinopsis, dice así: «Nada bueno esperes del género humano; lo demás es ganancia para la especie… Cabe no obstante lugar para la esperanza».

Puede parecer algo tremendista pero resulta tan cierta que no admite apenas lugar para la duda ni siquiera piadosa. Y lo es, tanto se mire con ojos de espectador como desde la óptica profesional criminológica.

El hombre es capaz de lo mejor y también de lo peor sin cambiar de acera. No hace falta padecer un desorden de identidad, ser un psicópata o un sociópata para ello. Y ese es el problema que mayor alarma causa.

Montserrat González ejecutó por la espalda a Isabel Carrasco de tres tiros a traición en la cabeza. Luego no le quedó más remedio que confesar el crimen por obvio. «La maté y lo volvería a hacer; no me arrepiento», admitió tajante en su declaración ante la policía y en el acto del juicio oral en la Audiencia Provincial. ¿Cómo una tranquila ama de casa acomodada y sin antecedentes delictivos pudo idear y consumar una acción criminal de esta magnitud? Lo hizo, es evidente. Ahora bien, ¿alguien cree que Montserrat sería tan desalmada de robarle el bolso a una anciana o que no ayudaría a pasar un semáforo en verde a un ciego que pidiera el favor?

Triana Martínez tuvo la desdicha de que su madre no le pusiera límites. La ingeniera ha reconocido que participó al menos en una parte importante de la logística que requería el asesinato premeditado. No se podía prever algo así en una joven promesa de las telecomunicaciones con un porvenir y una vida por delante más que aceptable. ¿Alguien cree, sin embargo, que Triana le negaría una transfusión de sangre a un pariente?

La policía local Raquel Gago se ha complicado la vida absurdamente. Es posible que su pena (la punible), sea inferior a la de madre e hija en caso de que el jurado popular la condene finalmente. Raquel ocultó el hecho en sí y el revólver homicida, entre otros cargos que la perjudican muy de veras. El fiscal le pide por ello, junto a Montserrat y Triana, 23 años de prisión por asesinato, tenencia ilícita de armas y atentado a la autoridad. Sus colegas corporativos declararon ante el tribunal que cuando patrullaba las calles de León como agente de barrio su trato con los ciudadanos era excelente. ¿Alguien cree que Raquel Gago no ama a los niños, a las mascotas o el noble arte de la restauración?

En efecto, el ser humano es capaz de las mejores obras y de las más abyectas a la vez. No hay que sufrir necesariamente una patología ni ser un marginal o un fugitivo de la justicia en busca y captura para ello. Se trata de la naturaleza con la que venimos al mundo. Lo que Lombroso, Garófalo o Ferri describieron en sus tratados criminológicos del siglo XlX como conductas propias del «criminal atávico» que arrastramos por el genotipo de millones de años y la predisposición al innatismo perverso. Asusta, sí, pero negarlo es tremendamente infantil y de una ingenuidad peligrosa.

Todos llevamos un lobo dentro de nosotros más o menos dormido. Son numerosas las ocasiones en que poco o nada bueno se puede esperar del género humano; sólo hay que echar un vistazo a los libros de historia o a la sección de sucesos de cualquier medio. Así las cosas, ¿cabe no obstante lugar para la esperanza? Creo que sí.

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