Diario de León

la vocación personificada

De la cuna a los juzgados

Cipriano Gutiérrez sigue ejerciendo la abogacía a sus 89 años, después de 61 de labor en activo y una prolífica vida como letrado y concejal.

Cipriano Gutiérrez, en su despacho profesional de Ordoño II. MARCIANO PÉREZ

Cipriano Gutiérrez, en su despacho profesional de Ordoño II. MARCIANO PÉREZ

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miguel ángel zamora | león

Heredó la vocación por la abogacía de su padre y de un hermano que ya no vive. «Trabajaba para Bonifacio Merino, padre de Roberto y José María Merino». Y ahí se fraguó un interés por la profesión, al calor de la especialidad penal primero «porque había pocos en León, Timoteo Morán, Villarino, y poco más». Y ahora, 61 años después, sigue vistiendo la toga aunque la salud le ha puesto tres zancadillas importantes en la vida: «En enero tengo dos señalamientos preparados».

Cipriano Gutiérrez López camina hacia los 90 años de vida. Y hacia los 62 de profesión. Desde su despacho de Ordoño II conversa afable y el argumento gira en torno a las decenas de anécdotas que jalonan su vida: «Merino aprovechaba los juicios para meter pullas republicanas y hablaba mucho. Por su santo le pregunté a su hijo: ‘¿Qué le vas a regalar a tu padre?’ y me contestó: ‘Una plaza de toros llena de gente para que les hable’».

También recuerda aquel juicio en la Audiencia con un diálogo entrañable entre el presidente y la acusada:

—¿Qué edad tiene usted?

—18 años, señoría.

—¿Confiesa usted que...?

—...¡lo confieso, señoría. Lo confieso. Le juro que tengo 18 años!

Subía a Murias de Paredes en pleno invierno «cuando era partido judicial». Y allí conoció las artes de la mediación, antes de que la edad moderna las pusiera de moda: «Quedamos el otro abogado y yo para desayunar en un bar. Se metió a la cocina y él mismo frió tres huevos. «Los huevos fritos tienen que ser nones y no bajar nunca de tres». Aquello y una botella de vino anuló el juicio. «Señoría, ya lo hemos arreglado entre nosotros».

Estudió en el Colegio Mayor de San Gregorio de Oviedo «con media beca». De su época, el último superviviente «que ya no ejerce» es Juan Rodríguez Lozano, padre de José Luis Rodríguez Zapatero. «Trabajo porque si no, me aburro. No me colegié hasta 1957 pero ya había hecho cosas antes. En 1971 me llamaron de sindicatos para ver si quería ser abogado sindical. Entré como funcionario. Me licencié en sindicalismo superior y tuve que examinarme en Madrid. «Los de hoy no tienen ni idea».

Le tira más la rama civil «porque lo penal dejó de interesarme cuando me di cuenta de que si defendías a un delincuente, aunque le consiguieras una rebaja importante de la pena, o conseguías la absolución o no quedaban contentos y el 99% eran culpables. El abogado tiene algo de psicólogo y por experiencia sospechas la verdad. Los pleitos se pierden o se ganan según la prueba. Eso no ha cambiado con los años. Lo que no está en los autos, no está en el mundo, dicen los jueces».

Las leyes han ido cambiando «pero ahora ejercer es mucho más sencillo. Los medios de que disponemos han mejorado pero los asuntos siguen siendo muy parecidos a los de toda la vida y ya hay mucha jurisprudencia». Por eso sabía que aquel asunto que le proponía un cliente era caso perdido fijo. «Le dije que no se lo quería llevar, que no tenía razón. Buscó a otro abogado, fue a juicio y lo perdió. Cuando nos volvimos a encontrar, le pregunté cómo le había ido: ‘Le hice caso a usted y lo dejé estar’. Y yo le dije: ‘Y esta sentencia ¿qué es?’. Me pidió perdón».

Se las apaña como puede con las nuevas tecnologías «aunque creo que nos retrasan más que antes» y critica el modus operandi en las cláusulas suelo: «Los hay que se han hecho de oro por copiar y pegar».

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