«Claro que nos tienen que echar; estamos esperando por la ayuda al alquiler de la Junta»
Llega en bici de recoger a su hijo de 4 años en un colegio cercano, Rudi —un dominicano afincado en León desde la adolescencia— carga con su único vehículo por las escaleras hasta el tercer piso. Al abrir su vivienda, donde reside con su pareja y su pequeño desde julio tras pagar «a un chaval 350 pavos por la llave», espera Cris Mari, de 21 años y embarazada de ocho meses.
«Vinimos aquí por desesperación, nos querían desahuciar del piso donde vivíamos en la calle Pérez Galdós porque no podíamos pagar el alquiler y teníamos que buscar una solución», explica la joven a la puerta de la habitación de la pareja, con baño en el interior y los muebles justos: sólo una cama y poco más, la ropa y los zapatos campan por cada rincón. La vivienda tiene otro baño, la habitación del niño, el salón y la cocina. Los materiales son de calidad, el piso está limpio y hace calor. Utilizan radiadores eléctricos enchufados todo el día, no pagan la factura. Tampoco gasto alguno relacionado con la comunidad, como el agua o el recibo de la depuración.
Con la familia también reside una pequeña perrita llamada Lulú que no pierde de vista al niño. El salón se ha convertido en un tendedero, con toda la ropa extendida —prenda a prenda— en el suelo. Y en la cocina lo justo para el día a día y una mesa minúscula. A esa hora Rudi (24 años) prepara «sazón» para la carne que comerá hoy la familia en el almuerzo.
«Claro que nos tienen que echar, pero estamos esperando la ayuda al alquiler que hemos pedido a la Junta», reconoce Cris Mari.
«Tenemos planes para irnos, total, para vivir así... no tenemos nada», continúa con su testimonio de la vida de okupa. Desde la cocina, Rudi interviene y asegura que no trabaja, sólo «hago algunas chapucillas y lo poquito que consigo es para comer». Relata que cuando les hablaron de este piso en La Lastra les pareció «hasta barato el alquiler, luego se descubrió el pego; el chico que nos cobró por la llave no volvió jamás a aparecer».
De las seis viviendas habitadas del principio, el joven remarca que ahora quedan cuatro. «Algunos ya se están buscando la vida para buscar otro sitio». Esta versión se contradice con la de los vecinos del inmueble colindante. Enfatizan que ahora todos los pisos (diez en total) están ocupados. Suena bachata a todas horas... «Es horroroso, insoportable», lamentan.