Carta a Felipe, el torero de León, mi amigo

Felipe Zapico.
Querido Felipe:
Ahora que te has ido, aún no puedo creerlo. Iluso de mí, pensé que nunca lo harías. Pero aquí estoy, cumpliendo mi palabra: escribirte estas líneas en el Diario de León, ese que leías cada día con tu cafelito.
Hace casi 20 años entraste en mi vida, y aunque ya llevabas un largo camino en la televisión, conocerte fue un regalo que trajo consigo un sinfín de experiencias. Desde entonces, he visto tus retransmisiones en directo, tus programas de torería, ese espacio único dedicado a los toros que con tanta pasión hacías. Hasta en eso fuiste un pionero, siempre incansable, llevando a los leoneses la actualidad de la fiesta con entrevistas, reportajes y muchas muchas curiosidades, que ojo tuvo Florencio.
Pronto congeniamos. Yo te decía que de mayor quería ser como tú, y tú me respondías que de pequeño querías ser como yo. Esa mezcla de admiración y complicidad nos unió, trascendiendo la amistad, haciendo de ella algo mucho más profundo.
Juntos pasamos incontables horas paseando, charlando, comiendo, bebiendo o simplemente estando. Ahora, en estos pocos días sin ti, esos momentos vienen a mi mente de golpe, como si la memoria quisiera retenerte un poco más.
Siempre me advertiste que este día llegaría, pero, testarudo, yo me negaba a creértelo. Ahora veo que tenías razón, como tantas otras veces. Te has ido, Felipe, llevándote contigo nuestros paseos, nuestras conversaciones, nuestros momentos.
Solíamos bromear sobre cómo sería tu velatorio y tu entierro. Pues ahora ya lo sé: ha sido tal y como lo imaginabas. La iglesia estaba llena de gente que te quería, esos que compartieron contigo la vida. Pocos políticos, uno que te adoraba, entre vosotros dos y mi paisano Postigo pusiste sombrero a la plaza de toros y la cubristeis. ¡Qué legado dejasteis!
Y en el velatorio, no faltó lo que tanto te definía: flores, torería, tu capote, tus zapatillas, tu montera y, cómo no, tu sombrero. Ese sombrero que tantas veces llevaba el viento y me tocaba correr tras él. Nunca vi un sombrero tan triste como el tuyo, reposando sobre tu ataúd. Parecía saber que nadie más lo portará con tu estilo y chulería, y que el viento ya nunca volverá a llevárselo.
En ese velatorio, todos repetíamos lo mismo: “Lo que nos ha hecho reír este jodido, y lo que nos está haciendo llorar”. Porque sí, Felipe, lloramos. Lloramos por echar de menos tus frases cortadas, tus palabras repetidas, tus piropos, tus gestos, los vinos en el Madrid, nuestros coñacs, y esas “pijaditas” que tanto te gustaba disfrutar.
Menos mal que nos dejas a tu Conchi, tu compañera inseparable, porque tú sin ella no sabías vivir. Y a tus hijos, “tu Cachito”, “el Grandullón” y, claro, tu debilidad, tu hija, la que te regaló esos últimos años llenos de felicidad viviendo con vosotros. Tu legado vive en ellos y también en tus nietos, que ya saben el abuelo tan grande que tienen.
Puedes irte tranquilo, Felipe. Nosotros, tu familia y tus amigos, contaremos tu historia: lo que hiciste por León, por tu plaza, por la fiesta, por nuestra tele. Cuando pasee por las calles que recorríamos juntos, en cada rincón y en cada plaza te recordaré. Si voy acompañado, contaré tus historias, porque el León que conocimos tiene mucho de ti.
Me duele el alma al saber que ya no abrirás la puerta de mi despacho con esa alegría que iluminaba mis días. Has sido un pedacito de felicidad fuera de mi tierra, y doy gracias por haberte conocido. Aprendí tanto de ti que me queda una vida para ponerlo en práctica.
No quiero despedirme, Felipe, porque sé que te llevaré conmigo cada día. Volveré a brindar por ti y a sonreír recordando tus andanzas, aunque esta vez tú ya no estés. Cuántas veces me dijiste: “Hay que vivir, que la vida son dos días y a mí me queda un cuarto de hora”. Tenías razón, amigo, pero nunca pensé que ese cuarto de hora llegaría tan rápido.
Ayer, mientras miraba el atardecer, vi una franja roja en el horizonte. Allí estabas tú, seguro, organizando la fiesta, tu fiesta torera, Cuando llegues al otro lado, busca a Ainhoa y MªCruz, mi hermana y mi madre, cuéntales lo bien que lo hemos pasado juntos, y diles que las quiero y que me acuerdo de ellas cada día, como desde hoy de ti, mi querido Felipe.
Hasta siempre, mi amigo.
(*) Juan Francisco Martín Fresneda es director de La8 León-Es Radio León