Zapatero: El demiurgo rojo de Sánchez
José Luis Rodríguez Zapatero es un líder contradictorio: idealista en el discurso, pragmático en la acción; cercano en el trato, distante en la toma de decisiones; símbolo de paz para unos, de traición para otros. Su psicología combina temple emocional, carisma afectivo y sagacidad estratégica, elementos que lo convierten en una figura polarizadora y resiliente, difícil de encasillar y de comprender

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero durante el foro China-Europe Talent Forum celebrado este jueves en Madrid.
Odiado y admirado por igual, José Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido en el rompeolas de las emociones políticas de la sociedad española. Para unos es el símbolo del progresismo y el dique contra la extrema derecha, mientras que otros no ahorran descalificativos para definir su papel en la reciente historia de España. En el crisol de su trayectoria política — en el que ya constaban su relación con China y el más que discutible papel de «mediador» en Venezuela— se ha fundido esta misma semana la aparición de las actas que muestran el entramado de la negociación con la banda terrorista ETA. Todo ello, sumado a la labor que desarrolla entre bastidores en la negociación con Puigdemont desde la entrada en prisión de Santos Cerdán, le convierten en una figura central para el relato de la historia española de los últimos 25 años.
Podría decirse que el expresidente socialista, el quinto de la democracia española, es a día de hoy el emblema del divorcio de las dos Españas. Su papel como defensor de Pedro Sánchez le ha revestido de un aura cautivadora para la izquierda — «Es la auténtica estrella en cualquier mítin político», dicen sus seguidores— mientras que para la derecha es el demiurgo de la estrategia del Gobierno para afianzarse en el poder. Su ascendente sobre el presidente es un hecho desde que irrumpió en las televisiones y en los mítines para espolear a los votantes socialistas, para animarlos en medio de la atmósfera de desánimo provocada por la victoria del PP en las elecciones autonómicas. Sin embargo, no es el mismo Zapatero que ocupó la presidencia. De hecho, su semántica ha cambiado, igual que lo ha hecho el estilo con el que arenga a los votantes. Las palabras que más repite ahora son «ataques», «acoso», «bulos» y «radicales» para referirse a la oposición, mientras que los discursos sobre el presidente siempre se acompañan de ideas como parlamento, leyes, instituciones o democracia en una estrategia que busca presentar a Sánchez como garante del orden democrático frente a un PP disruptivo.
Esta brecha, casi insalvable, llama la atención en un hombre que, hace 21 años, aseguraba en su discurso de investidura para la Presidencia del Gobierno que su Gobierno tenía como proyecto político «la voluntad de incorporar en la toma de decisiones las visiones que se aporten lealmente desde otras perspectivas políticas y de lograr así para su gobierno el apoyo más amplio posible», y que hoy se ha convertido en la imagen goyesca del duelo a garrotazos. Enterrador de ETA para unos, abogado de su victoria para otros, una parte de la ciudadanía le ve como el heraldo de la España de la modernidad mientras la contraria ve en su mandato la semilla de la desintegración de España. ¿Quién es José Luis Rodríguez Zapatero?
Un compañero de partido destaca su capacidad para moverse entre lo simbólico y lo táctico, entre el progresismo idealista y el cálculo estratégico, características todas ellas que, por separado, enumeran los que han querido hablar para este reportaje. «Mire, una de sus habilidades es saber adaptarse a la situación. No es un hombre de dogmas rígidos y esa pecualiaridad le hace eficaz pero también difícil de clasificar», añaden.
Hay que recurrir una vez más a aquel discurso en el Congreso, más bien a la guinda de sus palabras, para adivinar parte de la personalidad del expresidente: «En mi vida el rumbo ha estado marcado siempre por un credo que quisiera expresar públicamente en un día y en un acto como éste. Ese ideario es breve: un ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes». Estas palabras forman parte, como ya se conoce, del testamento político del capitán Lozano, asesinado por los sublevados en 1936, una figura que ha marcado la personalidad política de su nieto.
Corcuera, sobre Cataluña
«Zapatero tiene dos abuelos: uno, el que lo crió y otro que fue muerto porque permaneció fiel a la República y es del que le gusta hablar». El que fuera ministro del Interior con Felipe González, José Luis Corcuera, explica la dualidad del expresidente y cómo ha influido en el acontecer de España. «Ese abuelo que no conoció estuvo a las órdenes de la República cuando reprimió el levantamiento de Asturias a las órdenes de Franco. Le podía haber matado un minero y, entonces, nos habríamos quedado sin héroe», dice con ironía. Corcuera mira hacia los años treinta del siglo pasado para explicar el secuestro del Estado por parte del independentismo catalán que hoy vive el país y del que hace responsable a Zapatero. Recuerda que el propio Manuel Azaña en 1932 llevó al Parlamento como presidente del Gobierno un proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña. «El debate que hubo entre Ortega y Gasset — «Debemos renunciar a curar lo incurable»— y Manuel Azaña — ««Nuestro deber es resolver el problema catalán»— debería ser de obligada lectura en los institutos porque se dijeron cosas trascendentales para la historia de España. Al final de sus días, Azaña dejó por escrito la decepción y el error que había cometido y los efectos perversos que había tenido. Pues llega Zapatero y quiere cambiar la historia y no se le ocurre otra cosa que decir en Barcelona que asumirá el Estatuto que salga del parlamento catalán». El exministro considera que esa «receta milagrosa», que el propio Tribunal Constitucional desautorizó en 14 de sus artículos, es la razón de la crisis que vive España en la actualidad. Su figura se convierte así para el otrora ministro de Interior en símbolo del enfrentamiento de las «dos Españas», un catalizador de emociones colectivas que va más allá de su propia persona. Este análisis es compartido por el que fuera presidente del Principado de Asturias entre 1991 y 1993, Juan Luis Rodríguez Vigil, que le caracteriza como extraordinariamente audaz para lograr sus propósitos, «un objetivo para el que no tiene escrúpulos», asegura.
En el tema catalán como en tantos otros, José Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido en el deus ex machina del gobierno de Pedro Sánchez en un vuelco tan colosal que hoy casi nadie ajeno al mundo de la política recuerda que en 2017 apoyó a Susana Díaz y pidió al ahora presidente que aceptara con humildad la derrota. Y es que su capacidad para «cabalgar contradicciones», según la máxima de Pablo Iglesias, solo es comparable a su talento para que no se note. «No se altera ante situaciones adversas. Cualquiera que haya trabajado con él le dirá lo mismo —dice uno de sus colaboradores—, que su trato es afable, y su capacidad de escucha le hace ganarse la confianza de los demás». Su propio padre, en un artículo para El Faro de Vigo en el año 2008 destacaba su tranquilidad y frialdad. «No se impresiona fácilmente, sino que tiene gran temple para encajar las cosas aunque sean de fuertes sensaciones. Nunca le he visto enfadado. Nunca discute. Tiene gran energía y temple».
El director de El Español, Pedro J. Ramírez, acaba de publicar Por decir la verdad, un libro en el que hace un repaso de la España contemporánea a través de su experiencia periodística. Estas memorias incluyen numerosas conversaciones detalladas con Zapatero, que es, en su opinión, «el presidente más tolerante» de la democracia. «Buscaba el contraste de opiniones con alguien que no pensara como él», recuerda el periodista. Ese talento hace que, tal y como Tomás Rodríguez Bolaños aseguró a Óscar Campillo para la biografía del político leonés Presidente a la primera, siempre gane: «Es la leche, le enseñas todas las cartas. Te vas y caes en la cuenta de que él no te ha enseñado ninguna», aseguraba al periodista.
Creo que me va a ir bien, Mario
Mario Amilivia, alcalde de León durante 13 años y actual presidente del Consejo de Cuentas de Castilla y León, es una de las personas que mejor le conoce. Recuerda sus viajes a Madrid y los regresos a León en el Lancia Delta del expresidente durante su época de diputados en el Congreso. «Él era el diputado más joven y yo, el tercero. Eso fue en 1986 y en 1989 los dos fuimos profesores de la Facultad de Derecho», destaca para explicar la gran cercanía que tuvieron. Amilivia, que reconoce que su relación siempre fue muy afectiva a pesar de su distancia ideológica, resume su personalidad como «cercana, agradable y seductora». Con él rubricó el Pacto Cívico que desalojó a Juan Morano de la Alcaldía de León y cosió en el poder a Alianza Popular, el CDS y el PSOE. Uno de los firmantes recuerda a día de hoy que una de las consecuencias que tuvo fue la instauración de cenas que, organizadas por Carlos Moráis, se celebraban en Casa Teo —hoy desaparecida— y que continuaron cuando él estaba ya en La Moncloa.
El exalcalde solo le pone un pero a su larga relación. Fue en 1999 durante un pleno para votar la concesión a Manuel Fraga de la Medalla de Oro de la Ciudad. «El PSOE se ausentó de la votación y salió adelante solo con los votos del PP», recuerda con la distancia que proporciona el tiempo. «Es un gran estratega, de hecho, tenía una peña con la que se reunía para jugar al ajedrez». Y es que son muchos los que aseguran que la destreza en este deporte es una de las claves de su personalidad en el desempeño de la política: «De todos los juegos que ingenia la razón humana para pensar, a la vez que se engaña al tiempo, probablemente el ajedrez sea el que mayor profundidad y rigor intelectual permite asumir a quienes lo practican. Si jugáramos más al ajedrez, cometeríamos menos errores en la vida», decía él mismo en 2011 durante la celebración de unas de las ediciones del Magistral de León. Un contrincante político de la época del Pacto por León lo califica de la siguiente manera: «Aplicaba la lógica del cálculo y la paciencia y evitaba el enfrentamiento directo». Estas dotes de estratega las ilustra Amilivia con una anécdota reveladora: «En el año 2000, el PP obtuvo tres diputados y el PSOE tan solo dos. Le llamé para decirle cómo lo sentía, pero él no parecía estar afectado. De hecho, le encontré animoso y me reveló que se había metido en el área de Comunicación de la Ejecutiva. «Creo que me va a ir bien, Mario», añadió. Al año siguiente ya era el secretario general del partido», dice el que fuera presidente del PP leonés con una sonrisa.
En Alicante con Jesús Caldera
De hecho, la catástrofe del partido en las elecciones de aquel año — se quedó en 125 diputados frente a los 183 de Aznar— fue la catapulta para el diputado leonés, que puso en marcha junto a un grupo de diputados —Trinidad Jiménez, Jesús Caldera, Jordi Sevilla, José Blanco y Juan Fernando López Aguilar— el artefacto Nueva Vía, al que poco después se unirían cuadros socialistas de la Escuela Jaime Vera —José Andrés Torres Mora y Enrique Martínez— para redactar la estrategia del candidato. El discurso se basaba en dar trigo a los guerristas sin esconder a Felipe González y la idea básica era conjugar dos: el talante, palabra fetiche que convirtió en la consigna con la que cortejar todas las sensibilidades — primero del partido y luego de España— y la ilusión.
El que fuera ministro de Trabajo desde 2004 a 2008, Jesús Caldera, recuerda hoy que un día después de la renuncia de Alfredo Pérez Rubalcaba, el 12 de marzo, un grupo de parlamentarios decidió organizar una alternativa. «De hecho, recuerdo que hablé con José Luis para plantearle dicha necesidad e instarle a encabezarla. Recuerdo que me dijo que mirara en el grupo parlamentario cómo estaban las cosas y así comenzó aquella aventura», destaca un cuarto de siglo después. Revela que un mes después, en la Semana Santa, ambos coincidirían en Alicante. «Me pidió que fuera escribiendo propuestas para definir nuestra candidatura. Pero él ya tenía escritos dos o tres folios con una síntesis muy aproximada de lo que después sería nuestra, digamos, oferta de renovación a los militantes del PSOE. Estaba bastante bien pensada, profunda y con elementos novedosos de renovación que luego dieron lugar a grandes avances en la gestión del Partido y del Gobierno. Ahí, obviamente, se confirmó mi opinión de que era la persona adecuada para encabezar la candidatura», afirma. Jesús Caldera subraya que en los primeros compases se adjudicaron diversas responsabilidades a los miembros que organizaron la nueva corriente y enfatiza en el hecho de que era evidente que la capacidad de liderazgo de Zapatero destacaba sobre los demás. «Es cierto que se tardó un tiempo — el congreso del partido se celebró en julio del año 2000— en definir el liderazgo, en parte porque Zapatero se mostró, con toda lógica, pragmático y reservado, pero al final dio el paso», destaca y recuerda que el político leonés era, de todos los miembros que formaban el grupo de Nueva Vía, quien disponía de una base territorial de apoyo mayor, extremo que le daba una ventaja evidente.
El si de Antonio García Ferreras
José Giménez conoció a Zapatero en 1988. Era por entonces secretario general de FSP de UGT. «En 1992 me invita a entrar en la Ejecutiva y lo hago porque José Luis siempre intentaba recabar opiniones de todo tipo». José Giménez ha estado muy cerca del expresidente. Ha sido concejal, procurador y senador pero su principal responsabilidad ha estado en la trastienda del partido —fue secretario de Organización del PSOE en León— y siempre junto al expresidente desde que con 31 años se cruzó en su camino. Apartado ya de la vida política, Pepe Giménez le define como una persona dialogante, pactista y perseverante. Recuerda que el todavía aspirante a secretario general del PSOE se recorrió España para pulsar la opinión del partido. «Lo hizo con Pepe Blanco, que era el que nos coordinaba a todos. Además, al estar en el grupo parlamentario tenía la posibilidad de contactar con todo el mundo», expone el político leonés, que considera que Zapatero tuvo la visión de leer en la sociedad la necesidad de un cambio y un nuevo liderazgo. «Durante el congreso fue el único candidato con un discurso emocionante. Salió y lo primero que dijo tras el derrotismo de los demás fue que no estábamos tan mal y ganó.
El expresidente no estuvo solo en la escaleta de su ascenso al poder. Contó con otro leonés, Antonio García Ferreras, que por entonces era jefe de Informativos de la cadena Ser. «Yo le dije que podía ir de segundo de José Bono, que era quien parecía liderar todas las apuestas, pero me dijo que no. La víspera del Congreso nos reunimos en Madrid José Luis, Miguel (Martínez), Angélica (Rubio), Trini (Jiménez), García Ferreras y yo. A Antonio le pasaba un poco como a mí. De hecho, esa misma noche tenía una cena con los jefes de la cadena y con José Bono. Cuando regresó, nos dijo que la Ser iba a apoyar al manchego, pero nos aseguró que él se la iba a jugar con Zapatero. De hecho, al día siguiente arrancó con él en la emisora».
No todo son piropos y, además, son muchos los que han preferido no hablar del expresidente, sobre todo los que creen que en algún momento de su vida política fue su victimario. Uno de los que accede concluye que el principal rasgo de su personalidad es la habilidad para sortear las dificultades que se le plantean. «No suele comprometerse con nadie y siempre tuvo mucha sagacidad para moverse orgánicamente», dice. Militante del partido en la agrupación local, lamenta la poca ayuda que ha dado al alcalde, José Antonio Diez, «a pesar de que siempre reconoció la que su familia le prestó» y asegura que colaboró en el plan con el que Javier Cendón trató de apartarle de la secretaría general . «La mañana que se iba a celebrar la votación él fue quien llamó a Diez por la mañana para pedirle que suspendiera la asamblea», asegura.
Un concejal socialista habla de su habilidad con una anécdota que tuvo lugar el año en el que fue elegido secretario general del PSOE. «Ese verano hacía doblete en Rodiezmo y en la fiesta campesina de Matías Llorente. La de Valencia de don Juan había sido una de las agrupaciones más críticas durante su elección y fue precisamente la primera que visitó», destaca. «¿Sabe eso de que a los amigos hay que tenerlos cerca pero a los enemigos más aún? Pues con él siempre es así».
Terra incognita sobre el político leonés es su ideología, un debate en el que los que le conocen no se ponen de acuerdo. Camaleónico como pocos, él mismo dejaba claro en el año 2002 que en política «todo es posible y aceptable» después de asegurar que en su seno no caben las ideas lógicas, sino «ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo» (prólogo al ensayo de Jordi Sevilla De nuevo, socialismo). Lo explicó mejor hace años José Manuel Otero Lastres, el que fuera su profesor de Derecho Mercantil en la Facultad de Derecho de León. «Si José Luis dice que sí, es que quizás, si dice quizás, es que no, y si dice que no, es que no es gallego». Los hay que aseguran que las palabras de su abuelo, el capitán Lozano — «Soy capitán del ejército y desde que empecé a pensar por mi cuenta, socialista»— son el acervo que le llevó a afiliarse en el PSOE, si bien al otro lado militan quienes defienden que todo responde a un mero cálculo. «Siempre tuvo el objetivo de llegar a La Moncloa», alegan. De hecho, uno de sus amigos asegura hoy que Zapatero tenía claro que llegaría a La Moncloa días antes de que explotaran los trenes de Atocha. «Su optimismo antropológico es real. Siempre piensa que ganará», revela.
Un burgués bien relacionado
Uno de sus más estrechos colaboradores hasta que perdió su favor alerta de que es una persona difícil de definir. «Siempre sorprende. Puedes pensar que es un burgués pero, de repente, te hace la revolución bolchevique con pasión». Apartado de la vida leonesa desde que abandonó todos sus compromisos con el partido, este militante de base certifica que intelectualmente es un hombre de izquierdas, aunque en lo cotidiano pertenezca a la burguesía. «Su padre era abogado del ayuntamiento y sus relaciones de amistad eran las que eran. También es verdad que es una persona que sabe adaptarse. Fíjese que el PSOE era por entonces un partido duro, minero y él se adaptó hasta el punto de que le eligieron secretario general rápidamente». Considera además que Zapatero tenía una ventaja clara: «Conocía muy bien a la derecha y la derecha le conocía de siempre porque era el hijo de Juan Rodríguez Lozano, con lo que no fueron tan beligerantes. Había una izquierda que la derecha veía con buenos ojos. No era la relación que podían tener con otros, como conmigo por ejemplo, que venía de otro estrato social», reflexiona. Daniel García, senador y líder de Unidad Socialista en los años posteriores a la transición, abandonó las trincheras de los críticos en 1991 para apoyar a Zapatero. Hoy, sin embargo, habla para pedir perdón por, en su opinión, haberle aupado al poder: «Expulsó a los los once concejales socialistas que ganaron las elecciones municipales de 1983, incluidos cuatro — Gregorio Ochagavía, Ulpiano Castro, Alberto Rodríguez y José Fernández— que fueron presos en San Marcos y de los que nadie se acuerda». García cree que todo el halo con el que se ha revestido es «una mentira». «José Luis no es de izquierdas ni de derechas; es una mala persona». García cuenta entre las víctimas del expresidente a José Antonio Morete — «Cuando le vi detrás del féretro, le pregunté si el efecto iba detrás de la causa o la causa detrás del efecto porque llevaba varios meses haciéndole la vida imposible y acababa de firmar la expulsión», dice. Asimismo, le imputa la desaparición del sindicalismo agrario progresista que representaba la Unión de Campesinos Leoneses en favor de Matías Llorente.
Su papel con León
José Giménez afirma que sigue todo lo que ocurre en León. «Yo he ido a Madrid a verle con empresarios de León y él les orienta. En una de las ocasiones, por ejemplo, les dirigió al bufete de Moratinos», recuerda, y añade que el tiempo que estuvo en Moncloa se volcó con la provincia. Distinta perspectiva tiene otro cargo socialista, que lamenta que todo el trabajo que el expresidente está haciendo por «coser» la legislatura con partidos como Junts o Podemos luego no se use para desatascar los proyectos para León. «¿Qué es eso de desdoblar la León-Valladolid a la altura de Santas Martas, por ejemplo o ese juego que se traen con la llegada de Feve a León?», se pregunta para reforzar su afirmación. El edil rechaza que Zapatero tenga poder alguno sobre Sánchez. «Más bien parecería que ocurre lo contrario. Es como el operador político del presidente, por no decir su peón», dice para describir la relación de subordinación que, a su juicio, marca la relación entre ambos. Reconoce que se trata de una de las figuras políticas más «peculiares» del panorama nacional. «Los que ahora más le idolatran son los que en el 15-M pedían acabar con sus políticas», destaca. «Durante su mandato cumplió todas las órdenes neoliberales que le dieron y, a pesar de las críticas a la Iglesia, el Gobierno Zapatero fue quien mejor la trató. Aumentó un 34% la asignación tributaria de Hacienda a los obispos, y renunció a algunas de sus promesas electorales, como la despenalización de la eutanasia y la reforma de la ley de libertad religiosa», afirma. Otro de los presentes coge el testigo y hace hincapié en el hecho de que no haya sido capaz de retener a Javier Cendón en la Ejecutiva. «¿Ese es el ascendiente sobre Sánchez. Sinceramente, no lo creo».

Zapatero: El demiurgo rojo de Sánchez

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