Diario de León

La hornacina en la que hincaron la rodilla los franceses

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El ceremonial de la festividad de la Inmaculada, que se abre con el desfile de la corporación desde la sede consistorial hasta el convento para escuchar misa y visitar a las monjas en el locutorio superior, volvió a postrarse ante la hornacina de la Purísima que hay en la antigua puerta de Cal de Rozneros, actual Puerta del Sol, en la Plaza Mayor, junto al Benito, para cantar la Salve. Un acto que tuvo el prólogo de Máximo Cayón Diéguez, heredero de la tradición que recuperara su padre en 1981. Desde ese «regazo público y almena favorable», Cayón rememoró la historia de Fray Antonio de la Concepción: «Un niño hijo de menestrales, que tenían domicilio y taller de entallar en la calle San Cruz». El vecino del barrio de San Martín, que acabaría como cisterciense en el monasterio de Santa María de Sandoval y oficiaría su primera misa en la parroquia del barrio, antes de su muerte asentó en su testamento, el 27 de diciembre de 1629, que se pagaran los «77 reales» para pintar la imagen de la purísima concepción entre los arcos de la escalerilla. Tendría que llegar la invasión napoleónica para que en la hornacina «se estableciera de manera permanente la talla de la virgen y un farolillo». Ahí, durante el cerco galo a los héroes leoneses que se habían levantado el 7 de junio de 1810 en la puerta del Malvar y sobrevivido a la masacre del Corral de San Guisán, fue donde uno de los coraceros franceses, desconocedor del subterfugio, cayó escalones abajo junto a su caballo para encontrar la muerte. Cuenta la leyenda que fue la Virgen quien intercedió por aquellos leoneses.

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