El arte del buen comer
QUERIDO HERMANO: Siempre tuvo esta ciudad buen arte para la comida; siempre tuvo Astorga un puesto preeminente en los fogones; eso bien lo sabes tú que recuerdo había que frenar tu glotonería. Mesones y cantinas hubo de buena, de extraordinaria fama como las de Silabario, La Matilde, Casa Benito, aquella que decían La Vicentona y otras de las que sobrevive La Peseta. Claro, sin olvidar el Hotel Moderno, otro buen santuario de hambrientos. Recuerda sino aquellas raciones de callos, mojellas, pulpo o congrio al ajo arriero; aquellas perolas humeantes de alubias blancas, coloradas como un morrón que levantaban un muerto; y como no, el cocido que aún no había tomado el apellido de «maragato»; que los garbanzos de Valdeviejas sabían a gloria bendita mezclados con el rehogado de la berza de «asa de cántaro», la buena para ese apaño, criada y escarchada a orillas de La Modería y mimada por los Sebutos y los Pedrosas. Recuerda, hermano, cuando padre venía al mercado del martes; teníamos fiesta de estómago; nos librábamos del condumio diario, que por supuesto era cocido que preparaba Rosario, la Enterradora, pues era plato de día sí y día también. Por eso esperábamos el martes con tanta ilusión y por las dos pesetas para gastos semanales. Nos llevaba padre a uno de esos figones y rumboso nos deleitaba con tal cual ración de ardientes, picantes y sabrosísimos callos; el pan lo sacaba él de una fardela de lino criado, espadado, hilado y tejido en casa; eran años de racionamiento y había que andarse con medida y tiento en eso del pan que los delegados como Sebastián el de la moto andaban ojo avizor. Hasta nos obsequiaba, recuerdas, con medio cuartillo de vino -para los dos y con gaseosa- y nosotros más alegres que unas castañuelas. Si lo agarra la ministra de hoy en día.... Pero ya ves, tú lo aborreciste bien joven, que no sabes aún lo que te pierdes y yo no me paso de la raya y hasta creo que ese 7-11 de tensión se lo debo a las cepas, digo yo. Cuando logre demediar el consumo de esas hojas de Navalmoral de la Mata, cuando logre hacer más caso a Viti que a la ministra, hasta puede que rebaje colesterol, triglicéridos y demás zarandajas y así elimine eso que se ha puesto tan de moda que llaman factor de riesgo y dicen que lo tengo encima como espada de Damocles. Pero a lo que iba, hermano, que salí de la rodera. Aquellos mesones y cantinas han sido sustituidos por otros establecimientos. En cada uno tienen su especialidad que habrás de venir a probar, o como dicen ahora a hacer una cata. Y los del Borrallo desde hace años, ya están en trece, comandan eso de la cocina maragata. El jueves la presentaron y catamos unos platos de chuparse los dedos. Antes predicó Isidro sobre las bondades de la cocina tradicionales; Marquiegui, como presidente hizo de anfitrión y el Alcalde expuso su teoría sobre la promoción de la ciudad. Oye, según iba hablando, unas veces parecía que pensaba en el retiro placentero de Sila allá en la Campania, y otras parecía aferrado al sillón. A finales de marzo nos sacará de dudas. También Leandro, de la Cámara, alabó la iniciativa y labor del Borrallo y como responsable del ente prometió seguir prestando ayuda. Y allí, después de las predicaciones, nos sorprendieron con unas cosas que ya, ya; y además, como SICA está a la vuelta de la plaza Mayor, el chocolate de Astorga, del que algún día tendré que decirte algo, anduvo en maridaje con la cecina, el bacalao y quesos de la tierra. O sea, que los «borralleros» se han propuesto mantener la tradición, la cocina de nuestras madres y abuelas, ya sin racionamiento y a la vez experimentar con mezclas y nuevos sabores. Hermano eso quedó cojo...losal. Vente a las jornadas.