Vegamián, presente de corazón
Los vecinos apelan de nuevo a la memoria del valle de Pardomino con la romería de San Antonio de Padua, que recuerda la población desaparecida bajo las aguas del embalse El paso de los años ha hecho
El ejemplo de los vecinos de Vegamián -un pueblo sin pueblo- bien merece que se le dedique un comentario en el que el cronista, forzosamente, tiene que ser parcial por su proximidad al entorno y por el tono logrado en la convivencia de estas gentes dispersas físicamente, pero unidas siempre en el sólido recuerdo hacia aquel pueblo que les vio nacer y cuya desaparición dudosamente podría justificarse. Cuarenta años de diáspora, no han sido suficientes para despegar a los vegamianeses del solar de sus mayores. Esta fiesta no puede fallar -dicen los observadores-. Los hombres y mujeres de Vegamián han sabido inculcar en sus hijos y nietos un profundo respeto a la tradición y a las costumbres, así como un cariño especial a los reencuentros periódicos. La fiesta de San Antonio en el valle de Pardomino, recoge y materializa todos estos sentimientos en esta cita anual. Cuando a principios de la década de los años sesenta, se tuvo la certidumbre de que un pantano anegaría con sus aguas el antiguo y noble Concejo de Peñamián, las gentes de aprestaron a prevenir, en cierto modo, el futuro inmediato que les asegurase un «modus vivendi» acorde con la dignidad y consideración que habían disfrutado en los pueblos de que eran desarraigados. Las noticias que llegaban de los afectados por el Embalse de Luna, y sus arbitrarias expropiaciones, no eran nada alentadoras. Los hechos vinieron a demostrar, una vez más, que detrás del romanticismo redentor con que se ha querido teñir cada actuación expropiadora, para no herir la sensibilidad de los pobres exiliados forzosos, existe un trasfondo político, que traducido a «román paladino», significa, desgraciadamente, un cúmulo de intereses económicos, zancadillas, enfrentamientos y toda esa picaresca inevitable que nace alrededor de tasaciones, peritaciones, subvenciones y valoraciones subjetivas. Pero la fiebre pantanera remató contra viento y marea, una obra cuya principal justificación se valoraba en Kilovatios/hora, y que hoy, perdida ya la memoria de aquella inicial justificación frustrada, dudosamente puede hacer rentables las 1.300 hectáreas sumergidas, los ocho pueblos anegados y las 915 personas arrancadas de un suelo fértil y sabiamente laborado. Frutos tangibles Es muy probable que los frutos más tangibles y prometedores de la gran obra hidráulica, sean los que proporciona la traída de aguas hacia la capital. Por fin, cuarenta y cinco años después del proyecto que animó su construcción, y que no cuajó nunca, alcanza nuestro pantano la mayoría de edad para convertirse en benéfica nodriza que asegura el comprometido abastecimiento de la ciudad de León y complementa con sus recientes minicentrales hidroeléctricas. Pero volvamos al problema humano, el derivado de un irreversible alejamiento de la tierra propia. Las gentes montañesas tardaron un tiempo en reaccionar. El golpe había sido demasiado duro y dirigido a la parte más sensible de sus emociones: el amor y la identificación con el entorno que les vio nacer. A pesar de todo, el tiempo fue calmando los ánimos, y la desesperanza inicial se convirtió en un sereno añorar la pacífica convivencia comunitaria de otros tiempos. Alguien, con un gran sentido pastoral heredado, y matizado más tarde en su propia experiencia, Florencio Fernández Santos, supo dar cauce a las inquietudes de los desperdigados vegamianeses para aglutinarlos, siquiera una vez al año, en torno a la figura del santo de Pádua.