Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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Malditos

Luis Antonio de Villena. Ed. Bruguera, Barcelona, 2010. 280 pp.

Sexo, drogas, rock and roll, protestas creativas a juego con los excesos vitales, lucidez radical de quien vive la vida como si tratara de quemarse a lo bonzo por algo-¦

España en los años 70, y concretamente Madrid como resumen metafórico de ese conglomerado nacional, de ese mundo con aristas que quería dejar aceleradamente de ser en blanco y negro, es el escenario de la última novela melancólica y plural de Luis Antonio de Villena titulada Malditos , que acaba de publicar la Editorial Bruguera.

Lo primero que llama la atención de este texto, además del anecdotario provocador descrito con naturalidad, es la perspectiva del narrador, Luis de Lastra, personaje tras el cual uno no deja de ver al propio autor. De hecho sólo ese cambio de nombres hace que esta novela sea lo que dicho narrador denomina «una biografía colectiva», y no quizás el siguiente libro de memorias de Villena tras los ya publicados Mi colegio , Los días de la noche y Patria y sexo . En esos otros textos memorialísticos el narrador sí es protagonista, mientras que en Malditos el narrador, Luis de Lastra, es personaje secundario de la trama realista de su vida; de su mundo.

Villena, obsesivo en los temas pero siempre estimulante, rescata así, con tono de falso documental que esconde la ficción que también aquí hay, la alocada existencia de un malogrado héroe al que no pudo seguir del todo; al que pocos podían seguir. Un poeta radical, homosexual, vividor, heterodoxo, iconoclasta, provocador, irreverente, leídamente lúcido y, finalmente, derrotado por las drogas, el sida o la mala suerte.

En este sentido la autoficción, cuando el narrador no es el héroe de la narración sino un espectador que nos dice sin decirlo «cuando pasó yo estaba allí y eso impregna mi forma de contarlo», se convierte en crónica casi social. Si además, como en este caso, el héroe, el protagonista, ejemplifica un modo de estar en el mundo asumido por un colectivo cronológicamente concreto, se convierte en crónica de época: así era el Madrid joven previo al de la movida de los ochenta, la cual, según el autor, resultó mucho más frívola -”como nos dijo ya en otra novela, Madrid ha muerto , reeditada hace no mucho por El Aleph-”. Sí, así era esta ciudad para una «pandilla esplendorosa», la de quienes consideraban el hedonismo como una expresión vital de su ideología contracultural profunda, intelectual, vanguardista, idealista a su modo, predicadora de la necesidad de un nuevo orden moral más amplio y menos constreñidor, el cual ellos trataban de traer aquí importado literaria y vitalmente de los vanguardistas franceses, y de los vanguardistas americanos.

La perspectiva narrativa determina con frecuencia el género al que se adscribe una novela. En ésta el narrador no cuenta su vida en concreto sino la de su entorno generacional, grupal, encarnado en lo que llama «un centro», un ser humano tratando de implementar su libertad como sea: éste es Emilio Jordán. Casi nadie ha dejado de ver en ese personaje protagonista un trasunto del poeta loco de la época: Eduardo Haro Ibars. Y, alrededor de dicho reconocible personaje, pululan y conviven también otros muchos, más evidentes o menos, con los nombres cambiados y un espíritu afín. Todos tratan casi al unísono de experimentar la droga más dura, la libertad individual y social total, y se abandonan a la intuición de que esa libertad empieza por la libertad de percepción (el padre de Emilio, en el que se reconoce a un conocido periodista y escritor de izquierdas, contempla resignado e impasible cómo su hijo se encamina al abismo, y ahí el narrador se pregunta y nos pregunta si de verdad es eso ser padre).

El narrador, al cual le fascina Emilio y le gusta su hermano, otro bello tenebroso, comparte con el protagonista un mundo y una visión del mundo, y nos lo narra todo con melancolía y sin ahorrarse críticas al país que somos hoy, y que por un momento denomina «democracia totalitaria». Pero la novela no se pierde en ideología directa sino que está llena de vida, locura, pasadas, sexo explícito, lenguaje callejero, casi cheli, junto a reflexiones reveladoras por medio de una prosa que no fluye totalmente suelta, porque está trufada de paréntesis aclaratorios que nos estimulan la inteligencia... Digo.

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