MIRADAS
Las damas no van en furgoneta
Llueve en diagonal debido al viento. Lo aprecio en la tenue luz de las farolas mientras me dirijo a ella. Allí está, con las luces encendidas y el motor en marcha. La puta furgoneta. Abro, aún adormecido, la puerta con desgana y ya estoy. Ya estoy en ruta para volver a encontrarme con el cortafríos y el mazo. Imagino el tintineo rítmico que espera, paciente, las próximas nueve horas e intento dormir. Pero las voces rotas, por el licor y el tabaco, se intensifican al cerrar los ojos y lo hacen imposible. Es entonces, al abrir de nuevo los ojos, cuando veo esos inmensos, bonitos y alineados viñedos. Es la ribera del Duero, admirada por enólogos y no tanto por los obreros que, como yo, reconstruyen su senda. Hacía tiempo que no trabajaba, espacio en el que he visto la utilidad que se le puede dar al alcohol. Antes sólo alcanzaba a ver su sentido lúdico, ahora me he dado cuenta de que también trabaja la necesidad. Antes las siete de la mañana era la hora de tomar la arrancadera . Ahora he conocido que para mucha gente es la primera. Traducido al comer, lo que era desayuno es almuerzo. Llegamos, al fin, a la obra. En la puta furgoneta. Nos cambiamos raudos, al ritmo de las blasfemias del jefe, el uniforme de calle por el de trabajo. Ahora, como dice Baldomero, somos todos condones fosforitos. Salimos de la casa alquilada, okupada hasta nuestra presencia, que nos sirve de vestidor y comedor, y observo de nuevo, sin farolas porque ya amanece, la lluvia. Se acerca a la horizontalidad porque arrecia, con más fuerza, el viento. Parece que, de seguir así, en poco tiempo lloverá hacia arriba. Una vez preservatizados, la cogemos de nuevo. La puta furgoneta. Y ahora ya no hace falta imaginárselo. El tintineo, producto del choque entre el mazo y el cortafríos, es real. La única duda de ser peón de obra es que no sabes si juegas con blancas o con negras. Una obra, salvando las distancias, es como un tablero de ajedrez. Debes defender siempre al rey por muy republicano que seas. Y en esas estoy, intentando congeniar con torres, caballos y alfiles. Porque los reyes, como en la vida, son inaccesibles. Nacho, mi gurú en esta difícil pero divulgadora experiencia, me dice que aquí me haré un hombre. Me confunde porque los señores de las tascas dicen que eso sólo se consigue yendo de putas. Quizás, o seguro, esos señores no sean hombres. Aunque también creo que no hace falta un cortafríos para que te salgan pelos en los huevos. Sé que mañana será igual, con la única duda de cómo caerá, si se presenta, la lluvia. También sé que el mito de la calentura mental de este gremio va más allá de lo estrictamente sexual. A veces, la única escapatoria a la locura es pensar que algún día, quizás, puedas follarte a la reina o a la vida. Pero mientras ese día llega, seguiré esperándola. A la puta furgoneta.