NOTAS A PIE DE PÁGINA
Un indio vale másque una catedral
Tardaron mucho nuestros conquistadores y evangelizadores americanos en llegar a la conclusión que enuncia el título que ampara estas notas. Incluso tardaron siglos, y no todos, pues en no pocos el apego a valorar el edificio antes que a la persona se fue con ellos a la tumba. De héroes o de herejes, que, al parecer, son conceptos muy cercanos, acaso por eso de los extremos o del color con que se mira. Lo recuerdan, entre la sonrisa y la ironía, no pocos pensadores -“o valedores- de aquellas tierras, alentados, sin duda, por no poca verdad, también por el contagio, en alguna medida, de los fastos de los dos siglos de independencia, eso sí cerrados con más pena que gloria y no pocos desenfoques, a pesar de los aciertos.
Amo América, la de nuestra lengua especialmente, y lamento haber escuchado tantos himnos en estos tiempos -”recuerdo, de forma especial, el de Mompós, trasunto mítico de Macondo-” que me sacaron los colores de nuestra historia. Menos mal que es agua más bien pasada, y es hoy más lo que nos une que lo que nos separa. Hay una vocación hispana que ha de ser más alentada y fortalecida.
Aunque me resulta
inevitable, hoy no quería, sin embargo, hablar de esto. En el fondo, y tomada como constatación la frase que hace cruda la realidad histórica, una cara, más bien, de la historia, lo que de verdad quería decir es que la misma filosofía -”si no es una profanación de la palabra-” persiste hoy en no pocas actitudes. Cambien palabras y sustitúyanlas por otras, que son varias las que tienen cabida. Vivimos en un mundo muy rico en ciencia y pobre en sabiduría en que la sensatez no solamente no pretende ser habitual, sino que está siendo sustituida por los intereses, acaso -”como apuntó el escritor José Luis Sampedro este verano-” porque la sociedad global se está instalando en la barbarie y en el fracaso de las relaciones cotidianas.
No participo de tal aserto en toda su extensión. Hay más valores de los que afirmamos en momentos de cabreo, más si es generalizado o colectivo. Pero mantener la esperanza de que «Lo imposible sólo tarda un poco más», como reza esta pintada , me parece una falacia frente, por ejemplo, a los que tienen hambre. Y éste ha de ser también, cómo no, un compromiso de la cultura, si ésta no se atrinchera, como tantas veces, en los reinos de la fragilidad y del brillo del cristal. ¿Dónde queda, si no, el compromiso al menos de protestar, de indignarnos ante los abusos políticos y sociales?