Diario de León

POR cristina fanjul

Los cuentos: el subconsciente del hombre

l. Un escritor, un antropólogo y un psicoanalista desentrañan el universo de los relatos de hadas. Filandó n

julián martín

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POR cristina fanjul
León

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Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez». Dicen que la sirenita es la historia del propio Andersen que, procedente de un mundo de pobreza, siempre trató de abandonar las aguas en las que vivía. Nunca lo consiguió del todo, y se sintió excluido de ambos mundos. La sirenita se convirtió en espuma del mar y él nunca fue feliz. Por eso sus cuentos resultan tan bellos y melancólicos. En el libro que escribió a su madre: Ortodoxia, Chesterton confesaba cuál era la fuente de su juventud: ««Mi primera y última filosofía, aquella en la que creo con una certeza inquebrantable, la aprendí en mi infancia. Las cosas en las que creía entonces con más fuerza eran los cuentos de hadas. Y el mundo de los cuentos de hadas no es otra cosa que el reino luminoso del sentido común». Blancanieves, La sirenita, La niña de los fósforos, Barba Azul, El patito feo, La cenicienta ... Los cuentos siguen siendo los primeros maestros de sabiduría de los niños, su sonajero de esperanzas y el tacatá que les ayudan a comprender y vencer sus miedos. Por eso, puede decirse que son, en cierto modo, la forja de la cultura, hasta el punto de que en ocasiones no sabemos si alguna vez fueron ciertos porque, como dice José María Merino, «es la ficción la que crea al hombre».

El escritor Gustavo Martín Garzo subraya que la primera pregunta que hay que hacerse al hablar de cuentos es qué extraño poder tienen para que los hombres los necesiten. «Quienes los escucharon por primera vez tuvieron la necesidad de contárselos a sus hijos, y así sucesivamente, sin final», reflexiona el escritor, que asegura que el secreto está en que estas historias son objetos preciosos, que atesoran todo lo que el mundo tiene de valioso. El novelista añade que una de las características de los cuentos es que dan sentido a la vida y precisa que una de las razones por las que llegan de manera tan fácil a los niños es que éstos conectan bien con el hombre primitivo. «El niño sabe que el cuento habla de él. Por eso, quien quiera saber qué se esconde en el alma de un niño debe acercarse a los cuentos».

Gustavo Martín Garzo advierte además de que renunciar a las historias es renunciar a la complejidad humana y asegura que los cuentos, todos, son inagotables y complejísimos. «Ninguna interpretación agota un cuento», dice. Acerca de si todos tienen una base real, el autor de Tan cerca del aire especifica que esa pregunta habría que contestarla sabiendo de antemano qué se califica de real. «Porque lo real es lo que vemos y tocamos, pero también nuestros sueños y miedos». Martín Garzo resalta que todos los escritores son en mayor o menor medida deudores de los cuentos de hadas, y no hacen sino «retomar esta historia eterna. Detrás de cualquier historia encuentras un cuento porque como decía Faulkner, todas tratan del corazón humano».

El escritor considera que lo más importante a la hora de contar cuentos a un niño es que éste tenga un final feliz. «Los cuentos deben tener ogros, brujas y muerte porque el niño debe experimentar la experiencia del miedo y el cuento le da las herramientas para escapar de él». Sin embargo, Martín Garzo destaca que todos ellos deben albergar una promesa de esperanza. «Tienen que transmitirle al niño que si es bueno, se porta bien con los demás y se esfuerza, la vida siempre es una aventura asombrosa que merece la pena».

Arquetipos humanos

Todos los cuentos, las leyendas, los mitos, tienen un componente que hace que se repitan en distintos lugares del mundo casi con las mismas características. En León, por ejemplo, hay leyendas que reflejan la influencia de cada una de las fronteras históricas y culturales de las que se ha alimentado el antiguo Reino: el mundo oriental, la herencia grecolatina, la cristiana medieval y la semítica, aunque no se puede hablar de épocas, ya que unas y otras se confunden. A veces, las leyendas no son más que creencias; es lo que se denomina con el nombre de leyenda embrionaria, creencias ancestrales y fantásticas que surgen del principio de los tiempos y que desvelan la concepción animista que nuestros ancestros tenían del universo. José Luis Puerto, autor de la monumental Leyendas de tradición oral en la provincia de León , revela que las leyendas no son relatos locales sino arquetipos humanos. Así, se da el caso de que muchas de las leyendas que podemos encontrar en un lugar como La Cabrera pueden oirse también en China. Para explicar el porqué de este viaje del subconsciente habría que explicar cómo funciona la imaginación mítica del ser humano. El profesor redunda en la idea de que el elemento mágico te lo encuentras en cualquier lugar. No obstante, es cierto que se pueden encontrar diferencias entre las zonas urbanas y las que han estado aisladas desde tiempos remotos: La Cabrera, Picos o el Bierzo. Es en estos lugares donde más aparecen las historias mágicas: huellas sobrenaturales en las rocas, que se explican como las marcas de herraduras del caballo de Santiago, la madreñina del niño Jesús o la culada del diablo. En el llano se habla de un ser mitológico que guiaba las tormentas. Se denomina el tronero o renubero y era famoso en lugares como Sahagún y proximidades.

Las leyendas encierran también lugares míticos, como las sillas, los saltos o los tajos. Todos ellos esconden historias y tesoros escondidos que varían según el lugar. Caben destacar en este apartado las historias de la gallina de los pollos de oro o el pellejo de oro (trasunto del vellocino de oro). Y qué decir de las leyendas terroríficas, las que se usaban para generar las sombras de los sueños infantiles. Brujas, basiliscos, almas en pena, casas tabuadas... La historia cambia de tercio según quien la protagoniza. En el caso de la bruja, se la condena a sacar agua con una zaranda del río Bernesga durante la noche (tarea imposible), mientras que la santa es capaz de realizar el trabajo sin apenas esfuerzo. El bien y el mal encuentran así refugio en el mundo de la leyenda, para tratar de lograr una explicación a la medida del hombre a un mundo marcado por el caos. De esta manera, se crean seres fabulosos a los que se atribuyen poderes mágicos y de los que se sirven las leyendas para generar sus héroes: el basilisco —que mataba de un vistazo—, el culebrón (cuélebre en Asturias) y que no era sino el dragón mítico que aterrorizaba a una población y que siempre resultaba vencido.

Subconsciente

¿Dónde empieza la leyenda y dónde la realidad? ¿Qué se puede atribuir al subconsciente común de la humanidad y qué a las particularidades culturales que forjan un determinado pueblo? ¿Cuáles a la creación de la propia personalidad? El psicoanalista Luis Salvador López hace hincapié en el hecho de que el ser humano no puede vivir sin narrarse cuentos. «La ficción es una necesidad esencial del psiquismo porque la insoportable realidad le obliga a ello, pero ¿cómo pensar la temática de la vida o de la muerte en este contexto?»

El experto abunda en el hecho de que el reino de la fantasía en general es el modo de respuesta más universal para abordar el «sin saber» de la propia existencia. Añade además que el mundo infantil es el paradigma para abordar todas estas cuestiones, y, como no podía ser de otra manera, los cuentos se nutren de ello. «El niño se ve sometido a un entramado familiar o edípico a partir del cual tiene que constituir su identidad yoica y sexual, así como el tipo de relación sexual o modo de goce que devendrá más tarde. Y para ello instrumentaliza el Edipo, es decir, las coordenadas familiares en las que está insertado, inventando además de una ficción, un síntoma». Luis Salvador López constata que los cuentos infantiles están repletos de todas estas cuestiones. Además, recuerda que también durante ese proceso el niño constituye su subjetividad, investiga acerca de los orígenes de la vida, acerca de lo que se entiende por sexualidad. «Cuestiones como el origen de los niños o por dónde se engendran son investigados por ellos poniendo en apuros a los padres, y buscando el momento en que éstos fracasen para poder fantasear». El psicoanalista cree que es precisamente a partir de ese punto de falla en el saber de los padres como el niño construye todas las fantasías sexuales que nutrirán los cuentos infantiles.

La separación de la madre

Otro de los elementos sustanciales al cuento son los monstruos. Brujas, ogros o dragones llenan sus páginas. No cabe duda de que el niño, a partir de ese deseo que le constituye como sujeto, en tanto que el deseo es el deseo del otro, tiene que encontrar además de un saber, un punto de separación con la madre. «Ahí, en ese conflicto inherente de separación, la angustia o el temor nos orientan en la buena dirección. Los monstruos, tan asiduos en los cuentos, como las fobias infantiles, deben ser entendidos como trances de invención de figuras que aluden a esa búsqueda de separación con la madre tan necesaria», concreta Luis Salvador. Para el psicoanálisis, es la llamada al padre, pero también es, en ocasiones, un modo de elaboración de la propia situación conflictiva, mostrando a partir de esa misma figura devoradora e imaginaria, las fauces destructoras de la propia subjetividad.

«En el mundo infantil, y los cuentos hacen gala de ello, nunca aparece la temática de la muerte con el mismo contenido que en el mundo del adulto. Para el niño no existe la muerte como tal. Su posición fantasmática y omnipotente le resguarda». Y es que, según el médico, el niño parte de una premisa básica, que es la inmortalidad, y que el adulto tratara de mantener incólume, de una u otra manera, en la parte más íntima de su ser. «Sin embargo, lo que sí se pone en juego en la angustia infantil, de un modo claro, es la perdida de la subjetividad o la dificultad para constituir una identidad por fuera del entramado materno». Para Luis Salvador López, lo que verdaderamente está en juego durante la infancia es la muerte de la subjetividad o la desaparición de la conciencia, porque, según asegura, «la otra muerte, la auténtica, la que se ve, siempre es del otro». La sirenita muere, igual que la niña de los fósforos, pero ambas lo hacen ante la imposibilidad de no poder estar con quien aman.

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