Diario de León

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El Quijote de los púlpitos

EN EL ESCORIAL DE CAMPOS, EN VILLAGARCÍA, UNOS KILÓMETROS AL SUR DE VALDERAS, SE VISITA LA CELDA ‘HURONERA’ DEL PADRE ISLA, QUE FUE SU ALBERGUE PREFERIDO. ALLÍ AGRUPARON LOS JESUITAS LOS LIBROS ANOTADOS DE SU BIBLIOTECA, LA ESCOPETA DE CAZADOR CAMPESTRE Y LOS CUERNOS PARA LA PÓLVORA. . divergente

El padre Isla pintado por Armesto

El padre Isla pintado por Armesto

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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L a última vez que fui, el rastro de una gotera descuidada había malbaratado varios ejemplares centenarios, sin mayor duelo de nadie. Sobre el escritorio, los frailes tenían disecado un gato, para recordar al Tonto que entretuvo a Isla, merecedor de tal nombre por su pacífica costumbre de compartir las habichuelas con un tordo. El escritor mostró siempre su predilección por este convento de Villagarcía, que le permitía practicar su afición a la caza en las cuestas de los Torozos, desde cuya elevación alcanzaba a ver en días claros el perfil del castillo de Altafría asomando sobre Valderas. Hoy el convento es asilo de frailes sabios jubilados y albergue de convivencias cantarinas durante los fines de semana. Tiene museo, pero sólo si uno se pone pesado o recurre al maestro sajambriego Eutimio Martino, que se recogió aquí en el verano de hace tres años, puede visitar la reconstruida celda del Padre Isla, que el cicerone suele pasar de largo. Los espacios del museo recuerdan sobre todo a Juan de Austria, que pasó su crianza como Jeromín en el pueblo con los fundadores del convento.

HUMOR CAZURRO

José Francisco Isla de la Torre y Rojo nació en Vidanes (León), en 1703, y murió desterrado en Bolonia (Italia), en 1781. Con diecisiete años ingresó en Villagarcía como novicio de la Compañía de Jesús. Sus primeras sátiras le granjearon la reprimenda de sus superiores, aunque continuó publicando textos críticos y de humor corrosivo. También lisonjas y traducciones piadosas. Pero su fama se sostiene en la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758), cuya escasa acción da pie a una divertida burla contra los predicadores de su tiempo y su lenguaje enrevesado. Cuenta el ingreso en una orden religiosa de Gerundio, hijo de campesinos, que aprende a pronunciar farragosos sermones instruido por el ridículo fray Blas. Las pintorescas descripciones del ambiente rústico y su carácter de caricatura sitúan esta obra en la tradición picaresca, aunque las prolijas reflexiones teóricas sobre la oratoria sagrada merman su intensidad cómica. La primera parte del libro fue un éxito y los 1500 ejemplares impresos se agotaron en tres días. Aunque la defendió el padre Feijoo y consta que la leyeron con disfrute los reyes, las protestas de quienes se consideraban aludidos y ridiculizados consiguieron que la obra fuera prohibida por la Inquisición en 1760. Pero ni siquiera este baldón evitó que apareciera la segunda parte clandestinamente en 1768.

Los extravagantes excesos de la retórica barroca habían servido de blanco a los dardos de los escritores del Siglo de Oro, como Quevedo, Lope y Calderón; no obstante, su sátira se había mantenido en los límites de la caricatura verbal. En su Fray Gerundio, el Padre Isla concentra con sarcasmo los matices ridículos en la figura del predicador culterano. El mismo nombre del personaje evoca su afición a un lenguaje excesivo y entreverado de gerundios ciceronianos. Como personaje, fray Gerundio es el don Quijote del púlpito, y la intención de la obra no es otra que ridiculizar aquella charlatanería de la oratoria sagrada, igual que el Quijote había sido una burla de los disparatados libros de caballería.

LA NOVELA DE CAMPOS

La acción de la novela se inicia con el nacimiento de Gerundio, hijo del aldeano Antón Zote (Zotico) y de Catania en Campazas (pueblo de la Tierra de Campos leonesa). Escuchando a los frailes predicadores de paso, que no faltan nunca a la mesa de Antón Zotico, el niño aprende precoz a soltar sus primeras sentencias. Pronto un seglar, tenido por santo porque llamaba «serpientes a las mujeres y cordera a la Virgen», augura que Gerundio será un gran predicador. Animado por estos pronósticos y por los consejos de sus amigos, Antón Zotico pone a su hijo en la escuela con el cojo de Villaornate (León), que enseña al muchacho extrañísimos preceptos de gramática y de ortografía.

Gerundio ingresa luego en la escuela de gramática latina, regentada por un pedante similar, y luego en un convento, donde termina el noviciado y empieza a estudiar filosofía. Allí se muestra más hábil con los juegos de manos en la despensa que en proponer silogismos. Halla por fin un profesor todavía más extravagante, fray Blas, maestro predicador en cuya escuela aprende a argumentar con gran facilidad sobre los más grotescos temas, como el que constituye el asunto de su primera práctica, en el que sustenta la tesis de que no es de menor valor el color verde por no ser amarillo que el azul por no ser rosa.

A pesar de la oposición del Provincial, fray Gerundio es nombrado predicador y su primer sermón público parece a todos digno de fray Blas; los aplausos que recibe están en razón inversa de su comprensión. En vano fray Prudencio intenta traerlo al buen camino. Encargado por fray Blas de pronunciar el elogio fúnebre de un falsario, fray Gerundio alaba las cartas del muerto por la velocidad con que escribía, y sus armas por el cuchillo con que cortaba la pluma. En otra ocasión sostiene que Adán y Eva fueron los primeros sastres porque se cubrieron de hojas al ser expulsados del Paraíso. Se suceden las muestras de sus disparatadas predicaciones, y el autor cierra el relato invitando al lector a decidir si la de fray Gerundio es historia o novela.

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