Como expulsados del Edén
distintas formas de mirar el agua Julio Llamazares Alfaguara, Barcelona, 2015. 194 pp.

E xpulsado del paraíso parece el grupo humano que avanza por la orilla, reflejo de esas Distintas formas de mirar el agua que ofrecen los personajes de la novela de Julio Llamazares. Anegado su pueblo por el agua del pantano, Domingo, el padre, sólo volverá para quedarse, cuando sus cenizas se fundan con el agua en cuyo fondo duerme el pasado. Es la ceremonia a la que asisten sus descendientes, cada uno con «una forma de mirar el agua» y, sobre todo, de mirar la vida.
Los monólogos de los personajes reflejan sus avatares vitales. Viven fuera y contemplan este escenario desde experiencias oídas. Su vida está marcada por sucesos personales, lejos de este espacio y del recuerdo de Domingo. Ello explica que la obra ofrezca una estructura de caleidoscopio de colores cambiantes, pero de origen común. Sólo Virginia, la madre, y Agustín, su hijo deficiente, aúnan el recuerdo del pasado con el presente. En ellos coincide la crueldad de la marcha a Ferreras, ese triste pueblo de colonización. El trasfondo es un motivo dramático de desarraigo para gentes que, vencida la vida, han de rehacerla desde la desesperanza.
Las confesiones familiares quedan armonizadas por las palabras de Agustín, el hijo que carece de una inteligencia normal pero que posee, en cambio, una gran intuición. Evoca a su padre de forma apasionada: «La forma de mirar el agua me la enseñó él también. Él me lo enseñaba todo». Y así lo recuerda: «Él lo sabía todo del agua, y del aire y de la tierra…».
Sólo Agustín acompañará a su padre porque sólo él puede relacionarse, a través del agua. Terminada la ceremonia todos se irán, menos él, que arrojará «la piedra que traje de la laguna para que mi padre nunca se olvide de dónde estoy y de dónde tiene su casa».
Un digno final para una novela cargada de bella y honda polisemia literaria.